Santiago
es una ciudad fundamentalmente llana. Existen sin embargo un puñado de montes,
aquí llamados cerros, que rompen con la planicie del lugar. No lejos de mi casa
hay uno que se llama cerro de San Cristóbal, y el domingo por la mañana me
dispongo a alcanzar su cumbre.
Madrugo
un poco con la intención de huir del sol abrasador que pega aquí en esta época
del año, pero la providencia quiere que amanezca un día nublado. A pesar de
ello me he pongo camiseta de manga larga y me unto el melón con protector solar
para evitar quemármelo.
El
cerro se encuentra a algo más de un kilómetro de mi casa. Durante el camino un
perro callejero comienza a caminar a mi lado. Parece que he hecho mi primer
amigo en la ciudad. Mientras espero que un semáforo se ponga en verde
acompañado por el can, un tipo cruza la calle a pesar de que la luz para
peatones está en rojo. Cuando llega a mi altura el chucho comienza a ladrarle
como recriminándole la acción. El individuo reacciona con un desaire hacia el
animal, y yo sonrío para mis adentros.
Al
poco de cruzar el turbio río Mapacho el perro me abandona por otro tipo mucho
más joven y musculoso que yo. Esto me suena de algo. Tal vez sea perra.
Cuando
llego a las faldas del monte compruebo que a pesar de que es temprano y de que
es día de votaciones en Chile, hay mucha más gente que ha tenido la misma idea
que yo. Muchos en bicicleta, otros corriendo, y la mayoría caminando,
disfrutando de que el acceso al monte con vehículos motorizados es bastante
limitado.
Veo
a un señor que baja corriendo que tiene las tetas más grandes que algunas
chicas que conozco. Algunos culitos prietos me animan a continuar, a pesar de
que la carretera es bastante empinada por momentos.
Ya
llevo un buen rato caminando y empiezo a notar las piernas un poco cansadas.
Además olvidé beber agua antes de salir y mi boca está reseca. Tras una curva,
veo un cartel que reza: A tres kilómetros Mote con huesillos. No tengo ni idea
de qué se trata, pero me juro a mi mismo que si consigo caminar otros tres
kilómetros probaré el dichoso Mote sea lo que sea. Y si lo puedo acompañar con
una cerveza fría, mejor que mejor.
A
lo largo del camino constato que el cerro alberga varios edificios y áreas
destinadas a la cultura y el ocio de los santiaguinos, como un centro cultural,
un zoológico, un jardín japonés, y unas piscinas. Las vistas sobre Santiago son
bonitas, pero que el día esté un poco nublado y la contaminación le restan
belleza al paisaje. También me doy cuenta de que hay un teleférico que sube a
lo más alto del cerro. Si vuelvo a subir, no creo que sea caminando.
Por
fin diviso la cumbre. En lo alto hay una estatua de color blanco, cual cristo
de Corcobado, y poco antes de llegar a la cima, una zona de descanso llena de
gente y bicicletas. Es aquí donde se dispensa el anunciado Mote con huesillos.
Hago fila frente a una barra y pido un mote con decisión, como si supiera perfectamente
de qué se trata. A cambio de 800 pesos, me entregan vaso grande de plástico de
plástico acompañado de una cuchara relleno de un mejunje parecido al almíbar
pero algo menos espeso y dulce, con dos melocotones pequeños con su pepita y
unos granos que reposan en el fondo que parecen ser de maíz. Está rico, pero no
soy muy amigo del dulce. Hubiese preferido la clásica cerveza, con unos
huesillos cubiertos de aceituna.
Ya
que estoy allí pienso que posiblemente nunca tenga mejor oportunidad de
alcanzar la cumbre, así que hago un último esfuerzo sobrehumano. En lo alto lo
que me encuentro es una iglesia al aire libre, y en el punto más elevado la
estatua de la inmaculada concepción. ¿Qué por qué se llama entonces cerro de
San Cristóbal? Ni idea. Cuando divisaba la estatua desde algún punto de la
ciudad siempre pensé que se trataba del patrón de los camineros.
A
los pies de la virgen, en un costado hay un rincón donde algunas velas encendidas reposan sobre un gran candelabro.
Bajo éste descansa un montón de cera en el suelo. En las paredes hay multitud
de placas metálicas o piedras talladas como las de las tumbas pero de menor
tamaño en las que los creyentes han hecho inscribir palabras de agradecimiento
a la virgen por favores concedidos.
Tras
contemplar esto comienzo el descenso. El sol se asoma tímidamente, pero por
suerte las nubles lograr detenerlo la mayor parte del tiempo. Mientras bajo no
puedo dejar de pensar en lo bien que me voy
sentir cuando llegue a mi terraza, desde la cual, por cierto se ve el
cerro, y me siente a disfrutar de una merecida cerveza.
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| Vista de Santiago desde lo más alto del cerro de San Cristobal |