domingo, 1 de diciembre de 2013

El misterio de los sacos blancos.

Cada mañana cuando voy a trabajar aun medio adormilado, recorro dos de las aristas de una plaza cuadrada bastante grande, con muchos árboles, algo de césped, y puestos alrededor donde se vende todo tipo de chatarra bien sea artesanal o industrial. A lo largo de este recorrido, siempre encuentro apoyados en árboles o farolas unos grandes sacos de color blanco.

No tengo ni idea de que contienen estos sacos. ¿Se tratará simplemente de sal o harina para hacer las típicas empanadas? ¿Es droga camuflada de harina o sal para quedarse empanado? ¿Quién los deja? ¿Quién los recoge? ¿Si tratara de llevarme alguno a la oficina algún día, me lo impediría alguien? Tal vez cuando lo agarrara los chilenos empezarían a mirarme con extrañeza al principio. Tras unos instantes levantarían sus brazos lentamente para poco después extender sus dedos índices señalándome y por último una niña pequeña emitiría un grito agudo y ensordecedor, y en ese instante todos empezarían a caminar hacia mi, sin ninguna prisa, pues no tendría escapatoria, para abrirme el cráneo y alimentarse de mis sesos. Una vez hubieran saciado su hambre esconderían mi cuerpo por cualquier lado y volverían a dejar el saco en su sitio.

Tantas preguntas sin respuesta… Pero qué es la vida sino un gran interrogante?

Saco blanco del demonio.

domingo, 24 de noviembre de 2013

La torre Costanera

Son las dos de la tarde del domingo y apenas he salido de casa en todo el fin de semana más que para ir al supermercado, así que agarro la cámara de fotos y salgo a la calle. En cuanto pongo el píe sobre la acera se nubla el día. Con la Olympus de seis megapíxeles que tengo, en cuanto el sol deja de iluminar, las fotos salen bastante tristes.

Camino de nuevo hacia el cerro de San Cristóbal, pero no con la intención de subir otra vez sino para dar una vuelta por un barrio de casas bajas que se ubica a los pies del monte, y visitar un parque que se extiende a ambas orillas del río Mapocho. Las casas bajas resultan poco interesantes. En cambio me llama la atención que la gran mayoría está protegida por alambres de espinos, algunas incluso con  valla electrificada y cámaras de video vigilancia. Vuelvo sobre mis pasos para dirigirme hacia el parque pero tampoco me resulta agradable ya que a pesar de ser muy alargado, no es demasiado ancho y por ambos costados del mismo circulan coches por calzadas de tres o cuatro carriles, y el humo y el ruido que éstos desprenden resultan bastante molestos.

Ante este panorama decido caminar hacia la torre Costanera. Parece bastante lejana así que cuando me canse daré media vuelta y volveré a casa, pero para mi sorpresa me planto ante ella tras algo menos de media hora de paseo. Al llegar me doy cuenta de que aun no está terminada. Su exterior si parece estar concluido pues se encuentra totalmente acristalado pero siguen trabajando en su interior. En su planta baja hay algunas fotos de su construcción y por lo que se ve su estructura es de hormigón armado. Me pregunto cómo es posible que no se rompieran los cristales de la torre con el temblor que ocurrió hace poco. Si mi edificio que tiene nueve plantas se meció como una hamaca ¿cuánto oscilaría aquella mole? Al acercarme a uno de ellos observo que está sujeto por un marco de material plástico de dos o tres centímetros de espesor que a buen seguro absorberán los posibles movimientos que puedan producirse.

Anexo al rascacielos hay otro edificio en cuyo interior han construido un supercentro comercial en el que el grupo inditex tiene una presencia más que notable. Creo que todas las tiendas del grupo están allí. Tal vez, las obras del interior estén siendo financiadas con el dinero que se obtiene de los alquileres de los comercios. Con la sagrada familia de Barcelona ocurre algo similar puesto que para acceder hay que pagar una entrada que te permite visitar una obra inconclusa, y la recaudación obtenida es destinada a sufragar los gatos de su construcción.

La torre costanera es, con 300 m. de altura, el rascacielos más alto de Suramérica. Me dijeron que el tipo que la diseño es un argentino y que también diseño las torres Petronas. Después de un poquito de investigación en Wikipedia descubro que también diseñó una de las cuatro torres de Florentino en Madrid, e incluso dirigió las obras de la torre Iberdrola en Bilbao.

En mi humilde opinión, este tipo de construcciones que pretenden ser icónicas para los lugares en que se construyen, no son más que grandes monumentos a la estupidez humana para mayor gloria de políticos, constructores y arquitectos; ya que cuesta mucho dinero, tiempo y esfuerzo el construirlas, y el resultado puede ser más o menos gracioso pero generará siempre un desequilibrio en aquellos lugares en que se ubican a no ser que se encuentren rodeados por otros muchos rascacielos de su mismo porte y los servicios y equipamientos de la zona estén preparados para absorber la demanda de tan alta densidad de población, además de producir un impacto visual tan indudable como innecesario a mi juicio.

La torre desde un puente sobre el Mapocho.
  

domingo, 17 de noviembre de 2013

Ascenso al cerro de San Cristobal

Santiago es una ciudad fundamentalmente llana. Existen sin embargo un puñado de montes, aquí llamados cerros, que rompen con la planicie del lugar. No lejos de mi casa hay uno que se llama cerro de San Cristóbal, y el domingo por la mañana me dispongo a alcanzar su cumbre.

Madrugo un poco con la intención de huir del sol abrasador que pega aquí en esta época del año, pero la providencia quiere que amanezca un día nublado. A pesar de ello me he pongo camiseta de manga larga y me unto el melón con protector solar para evitar quemármelo.

El cerro se encuentra a algo más de un kilómetro de mi casa. Durante el camino un perro callejero comienza a caminar a mi lado. Parece que he hecho mi primer amigo en la ciudad. Mientras espero que un semáforo se ponga en verde acompañado por el can, un tipo cruza la calle a pesar de que la luz para peatones está en rojo. Cuando llega a mi altura el chucho comienza a ladrarle como recriminándole la acción. El individuo reacciona con un desaire hacia el animal, y yo sonrío para mis adentros.

Al poco de cruzar el turbio río Mapacho el perro me abandona por otro tipo mucho más joven y musculoso que yo. Esto me suena de algo. Tal vez sea perra.

Cuando llego a las faldas del monte compruebo que a pesar de que es temprano y de que es día de votaciones en Chile, hay mucha más gente que ha tenido la misma idea que yo. Muchos en bicicleta, otros corriendo, y la mayoría caminando, disfrutando de que el acceso al monte con vehículos motorizados es bastante limitado.

Veo a un señor que baja corriendo que tiene las tetas más grandes que algunas chicas que conozco. Algunos culitos prietos me animan a continuar, a pesar de que la carretera es bastante empinada por momentos.

Ya llevo un buen rato caminando y empiezo a notar las piernas un poco cansadas. Además olvidé beber agua antes de salir y mi boca está reseca. Tras una curva, veo un cartel que reza: A tres kilómetros Mote con huesillos. No tengo ni idea de qué se trata, pero me juro a mi mismo que si consigo caminar otros tres kilómetros probaré el dichoso Mote sea lo que sea. Y si lo puedo acompañar con una cerveza fría, mejor que mejor.

A lo largo del camino constato que el cerro alberga varios edificios y áreas destinadas a la cultura y el ocio de los santiaguinos, como un centro cultural, un zoológico, un jardín japonés, y unas piscinas. Las vistas sobre Santiago son bonitas, pero que el día esté un poco nublado y la contaminación le restan belleza al paisaje. También me doy cuenta de que hay un teleférico que sube a lo más alto del cerro. Si vuelvo a subir, no creo que sea caminando.

Por fin diviso la cumbre. En lo alto hay una estatua de color blanco, cual cristo de Corcobado, y poco antes de llegar a la cima, una zona de descanso llena de gente y bicicletas. Es aquí donde se dispensa el anunciado Mote con huesillos. Hago fila frente a una barra y pido un mote con decisión, como si supiera perfectamente de qué se trata. A cambio de 800 pesos, me entregan vaso grande de plástico de plástico acompañado de una cuchara relleno de un mejunje parecido al almíbar pero algo menos espeso y dulce, con dos melocotones pequeños con su pepita y unos granos que reposan en el fondo que parecen ser de maíz. Está rico, pero no soy muy amigo del dulce. Hubiese preferido la clásica cerveza, con unos huesillos cubiertos de aceituna.

Ya que estoy allí pienso que posiblemente nunca tenga mejor oportunidad de alcanzar la cumbre, así que hago un último esfuerzo sobrehumano. En lo alto lo que me encuentro es una iglesia al aire libre, y en el punto más elevado la estatua de la inmaculada concepción. ¿Qué por qué se llama entonces cerro de San Cristóbal? Ni idea. Cuando divisaba la estatua desde algún punto de la ciudad siempre pensé que se trataba del patrón de los camineros.

A los pies de la virgen, en un costado hay un rincón donde algunas velas  encendidas reposan sobre un gran candelabro. Bajo éste descansa un montón de cera en el suelo. En las paredes hay multitud de placas metálicas o piedras talladas como las de las tumbas pero de menor tamaño en las que los creyentes han hecho inscribir palabras de agradecimiento a la virgen por favores concedidos.

Tras contemplar esto comienzo el descenso. El sol se asoma tímidamente, pero por suerte las nubles lograr detenerlo la mayor parte del tiempo. Mientras bajo no puedo dejar de pensar en lo bien que me voy  sentir cuando llegue a mi terraza, desde la cual, por cierto se ve el cerro, y me siente a disfrutar de una merecida cerveza.

Vista de Santiago desde lo más alto del cerro de San Cristobal

domingo, 10 de noviembre de 2013

Jazzalavega

Después de una dura semana de trabajo, sin nada destacable salvo un mail con fotos de Cuenca que me envió un compañero que está disfrutando de unos días de descanso en su tierra, y que me provocaron un ligero ramalazo de nostalgia, decido acudir a un festival de jazz gratuito cercano a la estación de metro de Bellas Artes.

Salgo del subterráneo y me dirijo hacia la calle Dávila Baeza. Olvidé apuntarme la dirección exacta pero según googlemaps la calle no es muy larga así que confío en que encontraré el lugar con facilidad. Desgraciadamente no veo ni rastro de escenario alguno y la única música que escucho proviene del interior de uno de esos destartalados mercados de abastos típicos de la capital santiaguina. Sigo caminando pero el paisaje me produce cierto desasosiego, por lo que doy media vuelta y decido entrar en el mercado. Mi sentido arácnido me dice que el festival debería estar cerca, y si no es así al menos echaré un vistazo por los puestos y compraré unos tomates. Cruzo la entrada y constato que la música proviene de un radiocasete que tiene uno de los pocos tenderos que aun tiene su comercio abierto. Continúo perdiéndome por entre los pasillos y en una especie de plaza asfaltada anexa al mercado a la que seguramente llegan los camiones a descargar la mercancía que se venderá posteriormente, al fin vislumbro un escenario que alberga un piano de cola negro, una batería y varios micrófonos.

Justo cuando llego una mujer empieza a pronunciar unas palabras agradeciendo la asistencia al público y anunciando a los grupos que tocarán a lo largo de la tarde noche. En frente del escenario hay un montón de sillas de plástico. La distinguida concurrencia está compuesto mayoritariamente por gente joven de aspecto bohemio y, atención al dato, no se detecta la presencia de gafas de pasta. Santiago empieza a gustarme. Me llama muchísimo la atención que no hay ninguna barra en la que pedir una cerveza.

El primer grupo en subir al escenario formado por dos guitarristas y un tipo que se sienta sobre un cajón flamenco se llama “Antonio Retucci con Sagare Trío”. Tras la primera canción uno de los guitarristas nos informa que el tal Antonio no se encuentra presente debido a una fractura de muñeca, y anuncia un próximo concierto benéfico a favor del lesionado, ya que según dice la operación cuesta mucha plata. La sanidad no es pública en Chile. Le sustituye otro guitarrista que al parecer colaboró en la grabación de su último disco. Este grupo parte del jazz para desviarse hacia melodías que me suenan mediterráneas. El resultado son canciones fresquitas y bonitas. Me recuerdan a otro grupo con la misma formación llamado Calamento que una vez vi en concierto en Barcelona, solo que estos partían de la rumba y el flamenco para acercarse ligeramente al jazz. Me quedo con estos últimos, más marchositos y fiesteros. Un amigo me dejó un disco suyo, pero un compinche de uno de mis compañeros de piso que okupó nuestro salón durante dos meses me lo robó. De desagradecidos está el mundo lleno.
 
En el escenario "Antonio Retucci con Sagare Trío",  sin Antonio.
Varios de los asistentes se han traído a sus hijos al concierto que corretean de un lado a otro ajenos a la música. Sin embargo llama mi atención una niña que con cara de fascinación no quita ojo del escenario. Recuerdo que un amigo me contó que a su hijo primogénito le pasa lo mismo. Le encanta observar a los músicos en los conciertos.

El día está nublado y empieza a ocultarse el sol con lo que la temperatura baja rápidamente y el frío comienza a penetrar a través de mi jersey. Debí haber traído mi gorrito.

El segundo grupo en subir al escenario, se trata de un trío compuesto por guitarra, contrabajo y trompeta, llamado “Interestelar trío”. Ejecutan piezas de jazz clásico. Las piezas lentas me recuerdan a las pelis de cine negro en las que una mujer fatal termina por matar al detective ligeramente canalla pero honrado en fondo. Los temas con un ritmo un poco más rápido me recuerdan a la película Cotton Club, y los disfruto más que los lentos.

Queda otro grupo para cerrar la noche pero ya no aguanto más el frío así que decido volver a casa. Me quedo sin escuchar el piano y la batería, y seguramente al mejor grupo de la noche.

En el metro, de vuelta a casa, observo que poca gente lee libros, y sin embargo muchos juguetean con sus smartphones. Entre las lecturas veo “La sombra del viento” y un comic de Batgirl. Nunca he leído un comic de la susodicha, pero seguro que es mejor que el pestiño perpetrado por Zafón.

Al salir de nuevo a la superficie escucho música a un volumen fuerte y pienso que tal vez haya algún concierto en un parque cercano, sin embargo me sorprendo al ver que un grupo formado por una pequeña batería, un teclado, una guitarra, un bajo, un entregado cantante con armónica y un par de amplificadores están tocando blues en la boca del metro al otro lado de la calle. En Barcelona les hubieran detenido por desorden público. Cruzo y me quedo escuchado un par de canciones. Echo unas monedas en la funda de una guitarra abierta que descansa frente a la banda y me voy a mi casa. Sigue haciendo frío y empieza a dolerme la espalda.
 
No ha estado mal. Me despido de la noche santiaguina hasta mejor ocasión. Seguiremos informando.

jueves, 31 de octubre de 2013

Temblorrrrrr Temblorrrrrrr!!!!!

Son alrededor de las ocho de la tarde, me encuentro estudiando en el salón de mi apartamento compartido en la octava planta de un edificio ubicado en un barrio residencial de Santiago, escuchando música con los auriculares a un volumen fuertecillo, con la vista fijada en los folios que reposan sobre la mesa.

De pronto tengo la sensación que la mesa se mueve al ritmo de la música que suena en mis auriculares, pero eso es prácticamente imposible a no ser que esté soñando, o que la cerveza que me tomé con el aperitivo al medio día haya aumentado repentinamente su efecto. Levanto la vista y veo como todo el apartamento se balancea como un junco hueco, pienso que tal vez me estoy mareando, pero al segundo recuerdo que estoy en Chile, donde según me han contado los terremotos son relativamente frecuentes. Me pongo en pie sin saber muy bien que hacer, pienso en asomarme a la terraza para ver si los edificios colindantes también se balancean, pero doy un paso y me quedo paralizado. Nunca antes había sentido un temblor. Al instante el edificio deja de oscilar. Ha sido impresionante. A los pocos segundos aparece mi compañero de piso en el salón. Dice - ¿Se ha movido, no?. – Si – Le respondo. La lámpara del salón aun oscila. Alucinante.

Según dicen en los noticieros ha sido un temblor de 6,5 en la escala de Richter. El epicentro ha sido como a 400 Km. al norte de Santiago. Por fortuna no hay víctimas que lamentar, ni daños en las infraestructuras, solamente algunas interrupciones en el suministro eléctrico en las zonas cercanas al epicentro, y en la red telefónica debido a la saturación de llamadas que se producen.

Parece que todo quedó en un susto.

domingo, 20 de octubre de 2013

Gaseado.

Tomo el metro más cercano a mi casa y me bajo en la estación “Bellas Artes”. Según me han dicho es una zona céntrica de Santiago.

Salgo del subterráneo y comienzo a caminar sin rumbo fijo. Al poco rato oigo música que proviene de algún lugar cercano. Decido seguir la pista de las notas musicales. Al poco, en un parque que hay frente a la escuela de bellas artes, me encuentro una concentración de perroflautas congregados alrededor de unos indios mapuches que parecen estar ejecutando alguna danza tradicional. Hay gente vendiendo artesanía o comida no demasiado apetecible.  




Academia de Bellas Artes
Sigo deambulando por las calles y me topo con el mercado central, del cual me han dado buenas referencias, pero decido que entraré en otra ocasión, ya que he divisado otro edificio que llama más mi atención. Se trata de la estación Mapocho, que comparte nombre con el río que atraviesa la ciudad. Es una vieja estación que hoy en día se ha convertido en un centro cultural. Lamentablemente solo puedo acceder al hall. El resto de la estación construida con estructura metálica similar a la estación de atocha y en perfecto estado de conservación solo se puede contemplar a través de una gran cristalera. En un lateral de hall hay una exposición de fotos en blanco y negro. En dos de esas fotos aparece una mujer desnuda de espaldas.

Sigo caminando perdiéndome por las calles de la ciudad. En un momento dado empiezo a cruzarme con gente que se tapa la boca y la nariz con un pañuelo. No se ve humo ni huele extraño. Pienso que tal vez algunos chiquillos han tirado una bomba fétida o quizás alguna alcantarilla en mal estado produce mal olor. Sin embargo, al poco rato comienzo a sentir un picor en las fosas nasales y poco después empiezan a picarme los ojos. Espero que se me pase solo a medida que  sigo caminando, pero no ocurre así, por lo que decido buscar un lugar donde refugiarme y descansar. Todavía no conozco ningún bar en Santiago al estilo a los que hay en España, pero veo un garito que me da buena espina, se llama “The Clinic”. Por una vez mi intuición no me falla,  resulta ser un sitio muy interesante con un pequeño cine, bar restauran, tienda de vinilos, libros, camisetas; y con una clara tendencia zurda ya que hay varios cuadros que parodian a Sebastian Piñera, actual presidente de Chile de tendencia diestra, según me han contado. Aposento mi trasero en una banqueta junto a la barra y pido una cerveza. Al poco rato el camarero regresa con una jarra de al menos medio litro de birra. No protesto, mis fosas nasales y mi garganta agradecen el delicioso elixir, mi bolsillo no tanto, 2.900 pesos. Casi cinco euros. En la fachada del local hay una inscripción que reza “The Clinic miente. Siempre del lado del patrón”. Tal vez tenga razón.

Después de descansar mis piernas durante al menos media hora, decido emprender la marcha. El picor de mis ojos y fosas nasales ha desaparecido casi por completo y el medio litro de zumo de cebada me envalentona y decido caminar hacia Bellavista, un barrio de Santiago conocido, según me han contado, por su ambiente lúdico. El único problema es que no sé como llegar hasta allí, así es que decido preguntar a una nativa. Debe ser mi día de suerte pues según me indica solo tengo que seguir caminando por la calle en la que me encuentro.

Después de veinte minutos caminando no veo ni rastro del mencionado barrio así que decido volver a preguntar a un señor acompañado por el que presupongo que es su hijo que me indican el camino, y que no se parece mucho  al que me trazó la nativa a la que pregunté. Solo tengo que seguir caminado un kilómetro más y cruzar el río Mapocho, y me encontraré en el conocido barrio de Bellavista.

Cuando llego al puente por el que tengo que cruzar el río me encuentro con una estampa aun más inesperada que la de los indios mapuches bailando frente a la escuela de bellas artes. El río está canalizado con paredes verticales de hormigón. Por uno de los laterales del Mapocho han descolgado una escala y han montado varias tiendas de campaña en la vereda además de un escenario. Sobre él hay varias personas. Una de ellas, micrófono en mano está hablando sobre una empresa y sus trabajadores, los cuales llevan 48 días en huelga. Paso de largo y continúo mi paseo.

En el barrio de Bellavista efectivamente hay mucho ambiente. La gente abarrota las terrazas de bares y restaurantes pintados de diferentes colores. Me llama la atención que en las mesas hay botellas de cerveza de litro con varios vasos para compartir.

Se hace tarde y estoy cansado así que decido dar media vuelta y dirigirme a la parada de metro más cercana. Cuando me voy acercando al puente por el que crucé anteriormente me sorprendo al comprobar que hay una masa de gente a ambos lados del río y en el propio puente mirando al escenario sobre el que un hombre de unos sesenta años acompañado por una banda de músicos jóvenes está dando un concierto. Me paro un momento para escuchar una canción. Cuando termina el cantante da un pequeño discurso a favor de los trabajadores de la empresa. En todas partes cuecen habas.
 
Llego al metro y pienso que pronto podré sentarme en el sofá. No estoy acostumbrado a estas caminatas. Después de un corto trayecto salgo a la superficie. Ya ha oscurecido. Es la primera vez que tomo el metro y solo así que a la salida no logro orientarme bien. Comienzo a caminar en la que yo pienso es la dirección correcta, pero al cabo de diez minutos no reconozco la calle en la que estoy. Pregunto de nuevo a otra nativa, y me indica la dirección correcta, que es justo la opuesta a la que yo he tomado. ¡Bien por mí!

Al llegar a casa mi compañero de piso me cuenta que ha visto en el noticiero que los carabineros, la policía de aquí, también llamados tortugas ninja por sus uniformes verdes, disolvieron una concentración a favor de los indios mapuches utilizando gases lacrimógenos.  

Sin comentarios.

domingo, 13 de octubre de 2013

Conducir en Santiago.

El tráfico en Chile es una locura, y conducir se convierte en un deporte de riesgo. La mayoría de conductores cambian de carril sin avisar con el intermitente y cuando necesitas cambiar tú, no te dan facilidades. Supongo que por eso se ven pocos coches que no tengan rayones o golpes en la carrocería, y los taxis no son precisamente coches de alta gama. ¿Para qué vas a comprar un buen coche si te lo van a golpear si o si?

En las autopistas de acceso o circunvalación parece estar permitido adelantar por la derecha, pero eso sí, es obligatorio llevar las luces encendidas. Además las rotondas no existen, lo cual en una gran ciudad como ésta, garantiza las aglomeraciones, especialmente en hora punta.

Para colmo, hay calles en las que según la hora del día se circula en un sentido o en otro, o en ambos sentidos a la vez. Lo cual complica un poco más la conducción al recién llegado.

El otro día llegué a un cruce en el que habitualmente suelo seguir de frente. Sin embargo mientras esperaba que el semáforo se pusiera en verde me di cuenta de que los coches ocupaban todos los carriles en el mismo sentido; hacia mí. También había una señal que prohibía el giro a la izquierda con lo cual la única opción que me quedaba era girar a la derecha. Lamentablemente el giro a la derecha me condujo a una autopista, y hasta unos veinte minutos más tarde no pude salir de ella, previo pago del peaje correspondiente. Una vez fuera de la autopista no fui capaz de encontrar el acceso a la misma en sentido contrario, con lo cual estaba completamente perdido en algún lugar indeterminado de Santiago. Después de una media hora conduciendo en la que yo pensaba era dirección al centro de Santiago decidí preguntarle a un barrendero, el cual me indicó que debía ir en dirección contraria a la que yo llevaba. No logré llegar al punto al que pretendía ir inicialmente hasta al menos dos horas y unos cuantos juramentos más tarde. Supongo que me volverá a ocurrir un par de veces más hasta que conozca un poco más la ciudad.

En muchos semáforos de la ciudad y especialmente en aquellas calles en las que se forman atascos en las horas punta, hay gente vendiendo todo tipo de cosas, desde un periódico hasta un cargador de móvil para el coche, o cualquier cosa para aplacar la sed o el hambre. También hay el típico que se ofrece a limpiarte la luna del coche, otros que realizan malabares, y otros que rizando el rizo (mis favoritos) vestidos de payasos, parodian a limpiadores, vendedores, y malabaristas tratando de arrancarte una sonrisa y algunos pesos chilenos.

domingo, 6 de octubre de 2013

Primeras impresiones.

Después del poco tiempo que llevo en Santiago hay poco que pueda decir mas allá de que es una ciudad muy grande. Obvio, como dirían aquí, pero es que es de esas ciudades en las que te sientes invisible, en las que tienes la sensación de que vayas en la dirección que vayas no te vas a salir nunca, en la que mires en la dirección que mires no ves otra cosa que edificios y asfalto.

Hay cinco líneas de metro que me parecen pocas para lo extensa que es la ciudad. De hecho según me han contado, en las horas punta hay tanta gente en el metro que hay que meterse a empujones en los vagones, igual que en esas imágenes que se ven en España del metro de Tokio en las que el personal del metro tiene que empujar a los usuarios para que se puedan cerrar las puertas del tren. Al parecer hay otras dos líneas en construcción que sin duda son necesarias.

Hasta ahora he visto pocas cosas, pero parece una ciudad con cierto aire decadente. Se ven algunos edificios un poco deteriorados, y las calles están un poco sucias y no muy bien pavimentadas. Eso de que Chile es el país más europeo de Suramérica, tal vez sea verdad, porque no conozco ningún otro país de este continente, pero a mi Chile no me parece demasiado europeo. Más bien se me antoja más similar a EEUU, por lo poco que yo conozco de ese país que no va más allá de lo que he podido ver en películas y series de televisión. Las edificaciones, los coches, la mayoría de origen estadounidense y japonés, los horarios, la alimentación, y los productos que encuentras en el supermercado se me resultan más similares a los estadounidenses que a los europeos.

Hace unos días pasé por la plaza de armas, en la que se encuentra la catedral de Santiago, el edificio de correos, y el museo de historia nacional. Sin embargo, lo que más llamó mi atención fue la presencia de predicadores que micrófono en mano tratan de ganarse a los viandantes para su causa. Sin mucho éxito la verdad. Creo que las únicas que escuchaban eran las palomas.

La cordillera de los Andes con sus cumbres aun nevadas está presente permanentemente ya que se ve perfectamente desde la ciudad. Además de para contemplar las montañas, sirve para orientarse en la ciudad, y siempre que te diriges hacia ella sabes que estas yendo al este, o como dicen aquí, al oriente.

También llama la atención la presencia de muchos perros abandonados en la ciudad, que son alimentados esporádicamente por algunas personas, del mismo modo que en España hay gente que da de comer a las palomas o a los gatos.

El clima aquí, hasta ahora es seco. Según dicen, en Santiago a penas llueve. Durante el día, si está despejado hace calor, y el sol quema más que en España debido a que en esta latitud la capa de ozono es más delgada. Sin embargo, en cuanto se nubla o se pone el sol, la temperatura baja bastante, y hace frío.



Al fondo la torre Costanera. La más alta de Sudamérica.

 

domingo, 29 de septiembre de 2013

Camino de Santiago.

El mismo día del vuelo, tengo una reunión de trabajo a las 8 de la mañana para terminar un trabajo pendiente. Solo he dormido dos horas para tener bien preparada la documentación que necesito. Por suerte, el resultado ha sido positivo. Parece que todo ha quedado zanjado y me puedo ir tranquilo.

Tras la reunión salgo pitando a la casa a terminar de hacer la maleta y salir corriendo a coger un tren que unas 8 horas después me dejará en la estación de Chamartín. A pesar de que la reunión acabó antes de lo previsto llego al tren corriendo y con una sudada importante debido a la alta humedad del ambiente. Una vez dentro del vagón, con el aire acondicionado del tren me voy encontrado mejor y por fin consigo relajarme un poco mientras pienso que hasta dentro de veinticuatro horas no me podré duchar. Los pasajeros que se sienten a mi lado tendrán que sufrir el cante de mis alerones.

Siempre que viajo, al salir de casa, tengo la sensación de que me olvido algo. La mayoría de las veces no es así, pero algunas sí. Esta vez tras comprobar mis maletas confirmo que me he olvidado el cargador del móvil.

Trato de dormir, pero me resulta imposible.

En una de las muchas paradas que realiza el tren durante el trayecto se suben en mi vagón una chica que me resulta atractiva con otra mujer que parece ser su madre.

Desgraciadamente en la siguiente estación, se suben en el tren tres tipos. Los tres llevan unas de esas gafas que te tapan media cara, pantalones cortos,  camisas de cuadros entalladas de diferentes colorines, y peinados modernos con crestas y los laterales de la cabeza rasurados. Dos de ellos se sientan en frente de la chica atractiva y de su madre, y el otro en la misma fila pero al otro lado del pasillo.

En seguida se ponen a hablar con la chica atractiva. Al parecer los tres tipos vienen de una fiesta en una discoteca en la que dos de ellos han realizado una actuación en la que cantan como en un karaoke una canción de letra facilona y pegadiza, acompañado por unos de esos bailes estúpidos que todo el mundo puede reproducir. El tercero dice ser el representante de los otros dos. Según cuentan, en la discoteca se encontraban alguno de los personajes que desfilan por el programa “Mujeres y hombres, bíceps y berzas”, lo cual parece interesar mucho a la chica, que junto con su madre declaran ser fans del programa. Automáticamente la chica deja de resultarme atractiva para convertirse en una estúpida con dientes sucios y risa de hiena.

Trato de aislarme de su conversación conectando los auriculares a mi portátil mientras miro una película, pero a pesar de que pongo el volumen al máximo, el elevado tono con el que hablan los tres prohombres y lo agudo de las risas de la chica-hiena, no evitan que me hierva la sangre mientras imagino varias formas de asesinarlos a los cinco.

Por fin llegamos a Chamartín. De allí cojo un metro al aeropuerto que me cuesta cinco eurazos. Maldigo a Esperanza Aguirre. Una vez en el aeropuerto, tengo que coger otro tren que me lleva a la terminal 4 desde la que partirá el avión. Afortunadamente éste es gratis.

He llegado al aeropuerto con tiempo de sobra así que me dedico a deambular por los pasillos y echar un vistazo a las tiendas que hay por allí. Cuando me canso de andar saco de la maleta un bocadillo que me preparé por la mañana y lo como con una cerveza que compro en una de las cafeterías.

El viaje en avión se hace pesado, pero menos de lo esperado ya que consigo dormir bastante debido al cansancio que acumulo. También esperaba que fuese más cómodo y que hubiese más espacio entre butacas que en los aviones de las compañías de bajo coste a las que estoy acostumbrado, pero a lo sumo hay dos centímetros más de espacio entre butacas. Me siento como una sardina en lata.

Trece horas después aterrizo en Santiago, que me recibe con la agradable temperatura de un grado sobre cero. Aproximadamente dos horas después, tras recoger la maleta, pasar el control de inmigración, y el control del Servicio Agrícola Ganadero, consigo ver por fin la luz del sol. Ya estoy en Chile. Brilla el sol, pero yo tengo frío.

jueves, 8 de agosto de 2013

Prólogo.

Mi jefe  me llama a su despacho, me pide que me siente, y en pocas palabras me dice que en septiembre me tengo que ir a Chile, más concretamente a la capital, Santiago. No se porqué me da la sensación de que se alegra de perderme de vista.

Mi sorpresa es relativa. Varios compañeros ya trabajan desde hace tiempo en otros países, a priori menos acogedores. Según dicen Chile es el país más europeo de los sudamericanos. Tal y como está la cosa no sé si eso será malo o bueno, la vieja Europa no se encuentra muy bien de salud últimamente.

Apenas conozco nada de allá más que algunos deportistas, que las navajas que se comen en España vienen de allí, aquello que nos contaban en el colegio de los nitratos y el guano, y que hay terremotos; de hecho me suena que hace unos pocos años hubo uno bastante grave. Un amigo había conseguido desde España, un trabajo allí como profesor de inglés, pero el terremoto ocurrió antes de que se trasladara y la academia que lo contrataba se echo para atrás, y le dijeron que no se encontraban en disposición de emplearle. Mi amigo en lugar de ir a Chile, acabó en Costa Rica.  

La gente dice que esta creciendo mucho y desarrollándose a  buen ritmo. Que hay mucho trabajo, especialmente en la minería. Parece ser que muchos españoles están yendo allí en busca de oportunidades profesionales que aquí han desaparecido.

Todo el mundo me dice que soy afortunado, que es una buena oportunidad y que Santiago es un destino estupendo, que tengo suerte de seguir con trabajo y que me lo tome como una aventura y aproveche para conocer el país lo más que pueda y viajar. Tendré que hacerles caso, porque la verdad es que yo no tengo ninguna gana de ir.

He conocido a un par de chilenos en mi vida. Me parecieron buena gente, muy correcta y educada. Espero que me acojan mejor de lo que nosotros acogemos a los inmigrantes.