sábado, 16 de agosto de 2014

De la ostia de malo.

Mis compañeros de trabajo han decido que esta noche vamos a cenar a un bar de tapas y pinchos español, llamado “De la ostia”. No me apetecía lo más mínimo, pero dada mi reducida vida social y que el nombre del garito tiene su gracia acepté el envite.

Llegamos alrededor de las 22:00. El lugar es agradable. Una gran barra de madera con muchos taburetes, terraza, dos pisos, la cocina a la vista de los clientes, y gente guapa limpia y aseada.

La decoración hace referencia a la ciudad de Barcelona sin disimulo. Dibujos, cuadros, camisetas del barça, figuritas, y hasta un plano del metro de la ciudad. Sin duda el dueño del garito procede de la capital catalana.

Pedimos unas cañas para empezar y nos sirven unas copas de Stella Artois de medio litro. La cosa empieza bien. La cerveza está muy rica y fresquita. Brindamos y nos traen la carta, que es amplia y trae fotos de todas las tapas y pinchos junto con el precio de cada uno. Empezamos a relamernos y a afilar los colmillos. Todo tiene una pinta muy apetitosa.

Pedimos unas patatas bravas, unas croquetas y pan con tomate para compartir, y para mi pido un pincho de tortilla de patata y unos flamenquines. Pienso que tal vez sea mucho pero se está a gusto en el sitio y la noche es joven, así que me preparo para llenar bien la panza.

El camarero nos atiende muy bien y las patatas y las croquetas no tardan mucho en llegar. Al ver los platos sobre la mesa empiezo a mosquearme. Su tamaño es sorprendentemente pequeño. En el de croquetas vienen cuatro, las mismas que en la foto, no engañan a nadie. Tocamos a una cada uno y no son mucho más grandes que uno de esos caramelos de toffe que me regalaba mi abuela cuando era un crío y que al masticarlos se quedaban diabólicamente pegados a los dientes. El plato de patatas bravas también es de risa; en el bar de debajo de mi casa, en mi pueblo, te ponen uno más grande que ese con solo pedir un vino. Nos miramos los unos a los otros sin mediar palabra, hasta que mi amigo Evilio el guatón empieza a reírse de esa manera tan contagiosa y peculiar suya que provoca que la gente de las mesas cercanas empiecen a mirarnos con cara de preguntarse qué nos hemos fumado antes de entrar al local.

Las patatas están blandurrias y la croquetas no saben a nada, eso sí, en la presentación no fallan. Los platos están bonitos.

Poco más tarde llegan las tapas que hemos pedido cada uno y la tónica es la misma, mi pincho de tortilla viene sobre un pedacito de pan que devoro de dos  bocados. Los flamenquines están bastante tiesos, como si hubieran sido calentados en el microondas, y las lonchas de jamón serrano y lomo de cerdo con los que se supone que están hechos tienen casi el mismo grosor que una hoja de papel.

Estoy enfadado, y empiezo a pensar qué tendré en casa en la nevera para poder llenar el buche antes de irme a dormir. No puedo conciliar el sueño cuando tengo hambre.

Pedimos otra ronda de cañas, lo único bueno hasta ahora. Ya que no se puede comer bien, al menos beberemos.


Pedimos la cuenta. 15.000 pesos chilenos por barba. Algo más de 20 euros. Salimos del garito para no volver. Yo me voy a mi casa a comerme un bocadillo de queso, chorizo y mahonesa con pan de marraqueta y a dormir.

domingo, 10 de agosto de 2014

Cosas que me gustan de Chile.

Tengo un compañero de trabajo al cual no soporto, pero que ha añadido a mis archivos una expresión que me ha cautivado. El tipo en cuestión me recuerda enormemente a Luis José de Leguineche, personaje interpretado genialmente por José Luís López Vázquez en la trilogía “Patrimonio Nacional” del maestro Berlanga. Vive en casa de su suegra, la cual al parecer no deja de joderle, cosa que me resulta perfectamente razonable conociendo al yerno. El caso es que en cierta ocasión en que nos relataba la enésima vez en que su suegra le estaba tocando las narices, mi compañero, nos dijo que le soltó: -¡Señora por favor, tóqueme los cojones si quiere, pero al menos no me cuente las arrugas!-. Mágico.

La basura se tira por una trampilla. Tal cual lo veíamos en “Friends” o en muchas otras series y películas. En mi bloque e imagino que en todos los bloques de la zona, hay un cuartucho en cada planta que tiene una de estás maravillosas trampillas. Solo hay que abrirla y dejar caer la bolsa. Más tarde, supongo que el portero de la finca se encarga de sacarlas todas para que se las lleve el camión de la basura. No se pueden tirar cristales, ni objetos que puedan causar cortes a las personas que van a manejar las bolsas, y si quieres reciclar, tienes que dejar los residuos en el cuartucho separados en los tipos habituales (papel, cartón; plásticos, envases etc…). Diariamente pasa alguno de los porteros recogelos.

En el supermercado en el que suelo hacer la compra venden botes de castañas en almíbar. Tenían buena pinta así que un día compré uno. Estaban buenísimas, y más aún si las troceas un poco con el tenedor y las comes con helado de Vainilla. Loco de contento  me apresuré a contárselo a una amiga por guasap. ¡¡¡¡Mmmm, me encantan las castañas en almíbar!!!!- Contestó. ¿Cómo que te encantan las castañas en almíbar?  ¡En España no las hay! - Inquirí. Me las pusieron en un restaurante en León. – Sentenció. Y yo pensando que había descubierto América.

Cerca de la oficina en la que trabajo hay una amasandería en la que elaboran empanadas, sopaipillas, galletas, medialunas, calzones rotos, cruasanes, facturitas, y algunas cosas más. Éste es de los pocos lugares en la ciudad que abre temprano así que a menudo cuando llego al trabajo lo primero que hago es bajar a este sitio y pedir un café vainilla. El dependiente se acerca a una máquina coloca un vaso de cartón en un sitio estratégico y un minuto después me trae el delicioso café. Creo que no es más que batido de vainilla con café, pero que se le va a hacer, la vainilla me pierde.

Odio la lluvia y aquí no cayó una sola gota en los tres  primeros meses. En los tres siguientes llovió dos días. Ahora en invierno ha llovido con un poco más de regularidad, pero estoy feliz con el seco clima de Santiago. A pesar de la escasez de precipitaciones, la ciudad nunca se ve falta de suministro gracias a la cercanía de los Andes, cuyas cumbres, no se libran de la nieve en todo el año. Desgraciadamente, la gran mayoría de las calles de Santiago no tienen sistema de recogida de aguas lluvia por lo que las calles se inundan en cuanto el agua cae con cierta intensidad.

El pavo pimentón es jamón de pavo cocido, con vetas de pimentón. Tan sencillo como eso, pero está riquísimo. Me suelo hacer sándwiches con queso y unas lonchas de este pavo, calentándolos en la sartén. A veces también se lo añado a la ensalada.

El mango. Ya lo conocía, pero supongo que no la había comido nunca en su punto de maduración. El caso es que es una fruta que tiene un buen bocado. A veces me he comido dos mangos y con eso ya he cenado. Otras veces lo he cortado en pedazos y mezclado con yogurt. Deliciosos de cualquier manera.

Las latas de cerveza son de 350 ml. En el Reino Unido lo más frecuente es servir la cerveza en pintas, que es poco más de medio litro. Cuanto más mejor, pensaréis algunos. Yo a la pinta la veo un inconveniente y es que normalmente cuando voy a beber el último tercio, la cerveza ya está caliente; por lo cual prefiero la medida española de 33 cl. El tercio de litro ha sido perfeccionado por los chilenos añadiéndole un poquito más de cerveza. Para que no se te caliente antes de haber terminado de bebértela tan solo tienes que meterla unos minutos en el congelador antes de consumirla.

El culo, o poto como dicen aquí, de las chilenas. Es ésta, una parte de la anatomía femenina que recibe gran atención de propios y extraños, y tengo que decir que las chilenas están dotadas de  unos panderos de los más bonitos, respingones, y graciosos.

Como podéis ver, casi todas las cosas de las que hablo son alimentos o se pueden beber, o incluso mordisquear. Supongo que es gracias a todos estos descubrimientos por lo que ahora no necesito utilizar el cinturón que sí necesitaba cuando llegué a este país.

Espero con el tiempo seguir ampliando esta lista.

Paz.