domingo, 20 de octubre de 2013

Gaseado.

Tomo el metro más cercano a mi casa y me bajo en la estación “Bellas Artes”. Según me han dicho es una zona céntrica de Santiago.

Salgo del subterráneo y comienzo a caminar sin rumbo fijo. Al poco rato oigo música que proviene de algún lugar cercano. Decido seguir la pista de las notas musicales. Al poco, en un parque que hay frente a la escuela de bellas artes, me encuentro una concentración de perroflautas congregados alrededor de unos indios mapuches que parecen estar ejecutando alguna danza tradicional. Hay gente vendiendo artesanía o comida no demasiado apetecible.  




Academia de Bellas Artes
Sigo deambulando por las calles y me topo con el mercado central, del cual me han dado buenas referencias, pero decido que entraré en otra ocasión, ya que he divisado otro edificio que llama más mi atención. Se trata de la estación Mapocho, que comparte nombre con el río que atraviesa la ciudad. Es una vieja estación que hoy en día se ha convertido en un centro cultural. Lamentablemente solo puedo acceder al hall. El resto de la estación construida con estructura metálica similar a la estación de atocha y en perfecto estado de conservación solo se puede contemplar a través de una gran cristalera. En un lateral de hall hay una exposición de fotos en blanco y negro. En dos de esas fotos aparece una mujer desnuda de espaldas.

Sigo caminando perdiéndome por las calles de la ciudad. En un momento dado empiezo a cruzarme con gente que se tapa la boca y la nariz con un pañuelo. No se ve humo ni huele extraño. Pienso que tal vez algunos chiquillos han tirado una bomba fétida o quizás alguna alcantarilla en mal estado produce mal olor. Sin embargo, al poco rato comienzo a sentir un picor en las fosas nasales y poco después empiezan a picarme los ojos. Espero que se me pase solo a medida que  sigo caminando, pero no ocurre así, por lo que decido buscar un lugar donde refugiarme y descansar. Todavía no conozco ningún bar en Santiago al estilo a los que hay en España, pero veo un garito que me da buena espina, se llama “The Clinic”. Por una vez mi intuición no me falla,  resulta ser un sitio muy interesante con un pequeño cine, bar restauran, tienda de vinilos, libros, camisetas; y con una clara tendencia zurda ya que hay varios cuadros que parodian a Sebastian Piñera, actual presidente de Chile de tendencia diestra, según me han contado. Aposento mi trasero en una banqueta junto a la barra y pido una cerveza. Al poco rato el camarero regresa con una jarra de al menos medio litro de birra. No protesto, mis fosas nasales y mi garganta agradecen el delicioso elixir, mi bolsillo no tanto, 2.900 pesos. Casi cinco euros. En la fachada del local hay una inscripción que reza “The Clinic miente. Siempre del lado del patrón”. Tal vez tenga razón.

Después de descansar mis piernas durante al menos media hora, decido emprender la marcha. El picor de mis ojos y fosas nasales ha desaparecido casi por completo y el medio litro de zumo de cebada me envalentona y decido caminar hacia Bellavista, un barrio de Santiago conocido, según me han contado, por su ambiente lúdico. El único problema es que no sé como llegar hasta allí, así es que decido preguntar a una nativa. Debe ser mi día de suerte pues según me indica solo tengo que seguir caminando por la calle en la que me encuentro.

Después de veinte minutos caminando no veo ni rastro del mencionado barrio así que decido volver a preguntar a un señor acompañado por el que presupongo que es su hijo que me indican el camino, y que no se parece mucho  al que me trazó la nativa a la que pregunté. Solo tengo que seguir caminado un kilómetro más y cruzar el río Mapocho, y me encontraré en el conocido barrio de Bellavista.

Cuando llego al puente por el que tengo que cruzar el río me encuentro con una estampa aun más inesperada que la de los indios mapuches bailando frente a la escuela de bellas artes. El río está canalizado con paredes verticales de hormigón. Por uno de los laterales del Mapocho han descolgado una escala y han montado varias tiendas de campaña en la vereda además de un escenario. Sobre él hay varias personas. Una de ellas, micrófono en mano está hablando sobre una empresa y sus trabajadores, los cuales llevan 48 días en huelga. Paso de largo y continúo mi paseo.

En el barrio de Bellavista efectivamente hay mucho ambiente. La gente abarrota las terrazas de bares y restaurantes pintados de diferentes colores. Me llama la atención que en las mesas hay botellas de cerveza de litro con varios vasos para compartir.

Se hace tarde y estoy cansado así que decido dar media vuelta y dirigirme a la parada de metro más cercana. Cuando me voy acercando al puente por el que crucé anteriormente me sorprendo al comprobar que hay una masa de gente a ambos lados del río y en el propio puente mirando al escenario sobre el que un hombre de unos sesenta años acompañado por una banda de músicos jóvenes está dando un concierto. Me paro un momento para escuchar una canción. Cuando termina el cantante da un pequeño discurso a favor de los trabajadores de la empresa. En todas partes cuecen habas.
 
Llego al metro y pienso que pronto podré sentarme en el sofá. No estoy acostumbrado a estas caminatas. Después de un corto trayecto salgo a la superficie. Ya ha oscurecido. Es la primera vez que tomo el metro y solo así que a la salida no logro orientarme bien. Comienzo a caminar en la que yo pienso es la dirección correcta, pero al cabo de diez minutos no reconozco la calle en la que estoy. Pregunto de nuevo a otra nativa, y me indica la dirección correcta, que es justo la opuesta a la que yo he tomado. ¡Bien por mí!

Al llegar a casa mi compañero de piso me cuenta que ha visto en el noticiero que los carabineros, la policía de aquí, también llamados tortugas ninja por sus uniformes verdes, disolvieron una concentración a favor de los indios mapuches utilizando gases lacrimógenos.  

Sin comentarios.

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