domingo, 17 de noviembre de 2013

Ascenso al cerro de San Cristobal

Santiago es una ciudad fundamentalmente llana. Existen sin embargo un puñado de montes, aquí llamados cerros, que rompen con la planicie del lugar. No lejos de mi casa hay uno que se llama cerro de San Cristóbal, y el domingo por la mañana me dispongo a alcanzar su cumbre.

Madrugo un poco con la intención de huir del sol abrasador que pega aquí en esta época del año, pero la providencia quiere que amanezca un día nublado. A pesar de ello me he pongo camiseta de manga larga y me unto el melón con protector solar para evitar quemármelo.

El cerro se encuentra a algo más de un kilómetro de mi casa. Durante el camino un perro callejero comienza a caminar a mi lado. Parece que he hecho mi primer amigo en la ciudad. Mientras espero que un semáforo se ponga en verde acompañado por el can, un tipo cruza la calle a pesar de que la luz para peatones está en rojo. Cuando llega a mi altura el chucho comienza a ladrarle como recriminándole la acción. El individuo reacciona con un desaire hacia el animal, y yo sonrío para mis adentros.

Al poco de cruzar el turbio río Mapacho el perro me abandona por otro tipo mucho más joven y musculoso que yo. Esto me suena de algo. Tal vez sea perra.

Cuando llego a las faldas del monte compruebo que a pesar de que es temprano y de que es día de votaciones en Chile, hay mucha más gente que ha tenido la misma idea que yo. Muchos en bicicleta, otros corriendo, y la mayoría caminando, disfrutando de que el acceso al monte con vehículos motorizados es bastante limitado.

Veo a un señor que baja corriendo que tiene las tetas más grandes que algunas chicas que conozco. Algunos culitos prietos me animan a continuar, a pesar de que la carretera es bastante empinada por momentos.

Ya llevo un buen rato caminando y empiezo a notar las piernas un poco cansadas. Además olvidé beber agua antes de salir y mi boca está reseca. Tras una curva, veo un cartel que reza: A tres kilómetros Mote con huesillos. No tengo ni idea de qué se trata, pero me juro a mi mismo que si consigo caminar otros tres kilómetros probaré el dichoso Mote sea lo que sea. Y si lo puedo acompañar con una cerveza fría, mejor que mejor.

A lo largo del camino constato que el cerro alberga varios edificios y áreas destinadas a la cultura y el ocio de los santiaguinos, como un centro cultural, un zoológico, un jardín japonés, y unas piscinas. Las vistas sobre Santiago son bonitas, pero que el día esté un poco nublado y la contaminación le restan belleza al paisaje. También me doy cuenta de que hay un teleférico que sube a lo más alto del cerro. Si vuelvo a subir, no creo que sea caminando.

Por fin diviso la cumbre. En lo alto hay una estatua de color blanco, cual cristo de Corcobado, y poco antes de llegar a la cima, una zona de descanso llena de gente y bicicletas. Es aquí donde se dispensa el anunciado Mote con huesillos. Hago fila frente a una barra y pido un mote con decisión, como si supiera perfectamente de qué se trata. A cambio de 800 pesos, me entregan vaso grande de plástico de plástico acompañado de una cuchara relleno de un mejunje parecido al almíbar pero algo menos espeso y dulce, con dos melocotones pequeños con su pepita y unos granos que reposan en el fondo que parecen ser de maíz. Está rico, pero no soy muy amigo del dulce. Hubiese preferido la clásica cerveza, con unos huesillos cubiertos de aceituna.

Ya que estoy allí pienso que posiblemente nunca tenga mejor oportunidad de alcanzar la cumbre, así que hago un último esfuerzo sobrehumano. En lo alto lo que me encuentro es una iglesia al aire libre, y en el punto más elevado la estatua de la inmaculada concepción. ¿Qué por qué se llama entonces cerro de San Cristóbal? Ni idea. Cuando divisaba la estatua desde algún punto de la ciudad siempre pensé que se trataba del patrón de los camineros.

A los pies de la virgen, en un costado hay un rincón donde algunas velas  encendidas reposan sobre un gran candelabro. Bajo éste descansa un montón de cera en el suelo. En las paredes hay multitud de placas metálicas o piedras talladas como las de las tumbas pero de menor tamaño en las que los creyentes han hecho inscribir palabras de agradecimiento a la virgen por favores concedidos.

Tras contemplar esto comienzo el descenso. El sol se asoma tímidamente, pero por suerte las nubles lograr detenerlo la mayor parte del tiempo. Mientras bajo no puedo dejar de pensar en lo bien que me voy  sentir cuando llegue a mi terraza, desde la cual, por cierto se ve el cerro, y me siente a disfrutar de una merecida cerveza.

Vista de Santiago desde lo más alto del cerro de San Cristobal

1 comentario:

  1. me encanta! aún me sigo riendo con lo de las perras...Estoy espectánte a post dedicado a las Chilenas :P

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