sábado, 7 de septiembre de 2019

EMPANADAS TINITA

 

Este sábado no tengo vis a vis, así que decido ir al mercado de Providencia a comer las empanadas que a mi juicio son las mejores de Santiago. Las de Tinita. No son pocas las amasanderías que o bien se autoproclaman como las mejores de Santiago o bien han sido galardonadas con este título por algún medio de comunicación o concurso. Sin embargo, ninguna de ellas creo que se acerque a las que despachan este local. Uno de sus secretos es sin dudas servirlas poco tiempo después de haber salido del horno. El otro, la masa. Nada del habitual mazacote de harina que se suele encontrar en la mayoría de sitios. Aquí, una masa fina y suave.

 

Salgo de mi cueva y camino hasta la estación Monte Tabor por las poco transitadas calles de Maipú. En el solitario andén, esperando el tren hay un tipo con auriculares rojos y chándal blanco que baila como si estuviera en una discoteca a las 3 de la mañana. ¡Qué arte quillo!

 

El viaje no es breve así que llego bastante hambriento y con unas ganas terribles de mear. En el mercado no hay baño para el público, así que, aprovechando que está en el mismo edificio, entro en la biblioteca municipal a aliviarme. La cultura general siempre ayuda en la vida.

 

Tras proceder, salgo del cementerio de los libros, y doblo la esquina para entrar al mercado. La oferta de empanadas es amplia: pino, queso, jamón-queso, mariscos, verduras, pollo, champiñón con queso. Creo haberlas probado todas, y sin dudas mi favorita es la última de las citadas, así que pido una de estas, otra de verduras (por lo de guardar la línea) y una lata de refresco. No venden cerveza. Retiro mi encargo y me siento en una de las mesas disponibles a disfrutar mi comida mientras veo pasar a los visitantes del mercado y observo la pescadería anexa: las gloriosas almejas chilenas están al doble del precio al que yo se las compro a mi amiga Anita en la feria de mi barrio.

 

Decido reservar a mi favorita para el final así que empiezo por la de verduras. Está exquisita. ¿Cómo harán para conseguir que algo verde sea tan sabroso? A parte de las acelgas y huevo cocido, no logro identificar ningún otro de los ingredientes, aun que pareciera que además de verduras contiene algo parecido a una bechamel. Lleve lo que lleve es deliciosa.

 

Antes de empezar con la segunda, una de las palomas que andan rondando las mesas picoteando los restos de la masa de las empanadas, se sube a mi mesa y mirándome fijamente a los ojos me dice -¿conoces algún remedio para las hemorroides amigo? Tengo una que está acabando con mi vida-. Doy un salto hacia atrás en mi silla y todos los bellos de mi cuerpo se ponen de punta. Miro a mi alrededor, tratando de averiguar si alguien más ha oído hablar al pajarraco. Nadie parece haberse percatado. Una paloma ha hablado pero el mundo sigue igual. Juro que no era un loro.

 

No sin miedo, trago saliva y devuelvo mi vista hacia la mesa. La paloma sigue allí, esperando una respuesta. –Otro humano poco elocuente - dice, y sale volando.

 

Respiro aliviado. Vuelvo a mirar a mi alrededor. La vida sigue.   

 

Doy un trago a mi Canada Dry y respiro hondo. Me dispongo a disfrutar de la segunda empanada. Lo que hace a ésta extremadamente superior a la de otros zucuchos santiaguinos, es que está hecha con champiñones frescos. Nada de champiñones de lata que saben más a agua de espárragos que a champiñón. Es una maravilla. Podría comerme tres o cuatro.

 

Con la panza llena y el corazón contento salgo a la calle. Hace un día espléndido y apetece pasear por las agradables calles de Providencia en fin de semana. Me coloco los auriculares en los oídos e inicio la reproducción de mis grandes éxitos de Primal Scream. Caminaré un buen rato hasta que vuelva a enterrarme en una estación de metro de regreso a mi casa.

lunes, 8 de enero de 2018

El parque Bicentenario de Cerrillos.

Domingo por la mañana. Me aburro, así que pienso en salir con mi perro para que me pasee por algún parque cercano donde pueda soltarle la correa para que el animal disfrute de unos momentos de libertad. Busco en googlemaps y uno de los que aparecen más cercanos a mi ubicación  es el llamado Parque Bicentenario de Cerrillos.

Al parecer se trata en un antiguo aeródromo en cuyos terrenos se ha proyectado la construcción de una micro ciudad. Unas 1.500 viviendas con sus correspondientes servicios, incluyendo colegios, zonas verdes y recreativas, supermercados, museos, comisaría de carabineros, y hasta una estación de metro. Toda una idea. De momento solo está construido el parque.

Llego al lugar y por lo que veo aún se conserva el edificio del aeródromo con su torre de control incluida. Me acerco a un mapa del parque en el que se observa una superficie muy alargada con una laguna artificial en uno de sus extremos. Decido emprender camino hacia ella.

Edificio del antiguo aeródromo.

Inicio la marcha y mi perro a correr de un lado para otro como loco. Parece no creer que tenga un espacio tan amplio para derrochar toda su energía perruna. Durante el paseo se cruza con otros canes, se olfatean el trasero, las orejas, sus pitos, juegan, corretean… A diferencia de su dueño parece encantarle la compañía de los de su especie. El chucho está disfrutando como nunca.

Estamos a principios de enero y el sol aprieta. Ya llevamos un buen rato andando y  aún no he llegado a la laguna, ni si quiera alcanzo a verla, por lo que calculo que el parque debe tener más de un kilómetro de largo. Empiezo a tener sed, pero no he visto una fuente por ninguna parte. Llego a un punto en el que hay mesas y bancos dispuestos bajo la sombra de algunos árboles donde la gente puede comer o simplemente sentarse a hablar o jugar a las cartas. Aprovecho para detenerme a descansar un poco. Mi perro se echa en el suelo a mis pies. Prendo un cigarro. Voy dándole chupadas. Mientras, el chucho se va chupando la chorra. Quién fuera perro.

Reemprendo la marcha y al poco rato empiezo a escuchar una música ratonera bastante desagradable. Me molestan sobremanera aquellas personas que piensan que los que les rodean tienen que compartir sus gustos musicales. Especialmente aquellas cuyas preferencias no coinciden con las  mías, por supuesto.

Unos minutos más tarde, en la lejanía, puedo divisar a un grupo de gente haciendo algo parecido a zumba. Parecen malos imitadores de los zombis del video “Thriller” de Michael Jackson. Justo detrás de ellos, al fin, la laguna. Dudo si acercarme más o no. Partí con la idea de llegar hasta ella, pero creo que si me acerco más mis tímpanos podrían sufrir algún daño irreparable. La música es atroz y está a un volumen considerable. ¿Por qué en lugar de zumba no hacen acquagym dentro de la laguna y de paso se ahogan? Me da rabia, pero finalmente me bato en retirada. Intentaré llegar a la meta en mi próxima visita.

A pesar de haberme topado con un grupo de personajes de “The walking dead” me ha encantado el parque. Es muy grande y sorprendentemente poco concurrido. Además mi perro ha disfrutado de lo lindo. Si algún día llegan a ejecutar las viviendas proyectadas, no será lo mismo. Ojalá nunca las construyan.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Lunes de ISAPRE y Tablet.


Tengo que ir al centro a hacer unas gestiones: pagar mi ISAPRE, y encontrar algún lugar donde me arreglen mi tablet. La mitad de la pantalla táctil no responde al mi tacto de mis dedos.

Podría haber ido en coche con mi novia, temprano. Ella entra a trabajar en una oficina en el centro de Santiago a las 9:00, pero no fui capaz de levantarme a la hora requerida. Por tanto no me queda más remedio que ir en transporte público, para lo cual, primero tengo que pillar un bus que me deje en la estación de metro más cercana a mi casa. No hay mal que por bien no venga: me demoro mucho más, pero me ahorro 30 minutos de quejas, lamentos, reclamos, improperios y  por último lloros.

Camino 10 minutos hasta la parada de bus y no tarda en llegar el I019. Subo las escalerillas del vehículo con la tarjeta en la mano dispuesto a pasarla por delante del lector para abonar el viaje. El chico que entró justo delante que mí intenta pagar, pero su tarjeta no tiene saldo, así que, siguiendo las indicaciones del chófer, pasa por encima del torno, que impide el acceso a aquellos que no pueden permitirse el billete, con un salto de gacela. Por suerte mi tarjeta sí tiene saldo. Si yo tuviese que dar el brinco que dio mi predecesor me hubiese fracturado tres costillas, la cadera y el hombro.

Quince minutos más tarde estoy bajando las escaleras que me llevan al andén donde esperar al tren subterráneo. Me subo al vagón y me toca la lotería: hay un asiento libre para mí. ¡Aleluya! Desgraciadamente no me percato de que hay un capullo muy cerca, con un altavoz y un micrófono en la mano. Es uno de esos odiosos que atormentan con “música” a los pasajeros de los transportes públicos hasta que le dan unas monedas. En este caso nos ha tocado un fan de Elvis, pero en lugar de lucir tupé, lleva el pelo largo, y una perilla terminada en trenza. Podría habérselo currado un poco más. No pienso darle ni un peso.

Casi, una hora después de haber salido por la puerta de mi casa llego a la plaza de armas. Con sus palomas, sus predicadores, sus viejetes jugando al ajedrez y en una esquina un negrito muy bien caracterizado imitando los bailes de Michael Jackson al son de la música del malogrado artista. Hoy va de grandes: primero Elvis, ahora Michael. Camino hacia unas de esas galerías comerciales típicas del centro de Santiago, que se encuentran en el interior de grandes edificios por las cuales puedes rondar protegido de las inclemencias del tiempo. Me han dicho que aquí hay negocios con servicio técnico donde podrían ser capaces de arreglarme la tablet. En el trayecto me cruzo con tres mujeres que me miran a la cara, después a mi barriga, y por último dirigen su vista hacia el imitador de Michael Jackson. Son prostitutas.

En las galerías no tengo suerte, en ninguno de las tiendas en las que entro a preguntar si pueden reparar la tablet recibo una respuesta afirmativa. Al parecer, al ser comprada en España, nadie tiene repuesto para la pantalla del aparato aquí.

Finalmente me rindo y me dirijo hacia las oficinas de mi ISAPRE a pagar los últimos meses. Al estar sin trabajo, sospecho que no se debe haber realizado el abono automático a través de la empresa por lo que les deberé las últimas mensualidades.

De camino paso por una calle con numerosos cafés con piernas y veo entrar a uno de ellos a una mujer con un espectacular trasero tipo Kardashian, exageradamente grande. Es muy extraño, hace el mismo efecto que dos bolsas de basura escondidas bajo una alfombra. Casi choco con una señora mayor por no poder apartar mi vista de esas hipnóticas nalgas. En la siguiente esquina una chica, muy muy flaca me da esta tarjeta:



Y de pronto empiezan a dolerme las cervicales.

Al fin llego a las oficinas de la ISAPRE y un ejecutivo me muestra en la pantalla de un ordenador que están sin pagar los meses de septiembre y octubre, y algo más de tres mil pesos pendientes del primer mes (febrero) debido a una mala gestión de mi querida agente. Hace meses le pregunté sobre este asunto y me dijo que había quedado resuelto. Siento ganas de estrangularla con una toalla sucia, muy sucia.

Pago religiosamente todas mis deudas y vuelvo a echarme a las calles. He terminado mis tareas por hoy, así que me dirijo al metro para regresar a mi casa.

Esperando a que un semáforo se ponga en verde veo por el rabillo del ojo que alguien se me acerca por el costado derecho y me dice: Hola, aquí tengo todo lo que necesitas para ser feliz.

En el lapso de tiempo que transcurre desde que mi pesada cabeza empieza a girar hasta que mi mirada se cruza con la de mi interlocutora, veo pasar antes mis ojos la vida completa de Hugh Hefner, a la culona que entró al café con piernas, y a la flacucha que me pasó la tarjeta de la foto.

Yo ya soy feliz señora – Miento.


En sus manos blande uno de esos libros de los testículos de Jehová que coloca a pocos centímetros de mi cara mientras mantiene en su jeta una sonrisa que me provoca un escalofrío. El semáforo se pone en verde y salgo corriendo como alma que lleva el diablo hasta la boca de metro.

Ya en el vagón, una vez recuperado el aliento, pienso que en una hora me encontraré en la seguridad de mi hogar junto a mi perro tomando una cerveza muy fría, y una leve sonrisa de felicidad asoma en mi rostro.

sábado, 16 de agosto de 2014

De la ostia de malo.

Mis compañeros de trabajo han decido que esta noche vamos a cenar a un bar de tapas y pinchos español, llamado “De la ostia”. No me apetecía lo más mínimo, pero dada mi reducida vida social y que el nombre del garito tiene su gracia acepté el envite.

Llegamos alrededor de las 22:00. El lugar es agradable. Una gran barra de madera con muchos taburetes, terraza, dos pisos, la cocina a la vista de los clientes, y gente guapa limpia y aseada.

La decoración hace referencia a la ciudad de Barcelona sin disimulo. Dibujos, cuadros, camisetas del barça, figuritas, y hasta un plano del metro de la ciudad. Sin duda el dueño del garito procede de la capital catalana.

Pedimos unas cañas para empezar y nos sirven unas copas de Stella Artois de medio litro. La cosa empieza bien. La cerveza está muy rica y fresquita. Brindamos y nos traen la carta, que es amplia y trae fotos de todas las tapas y pinchos junto con el precio de cada uno. Empezamos a relamernos y a afilar los colmillos. Todo tiene una pinta muy apetitosa.

Pedimos unas patatas bravas, unas croquetas y pan con tomate para compartir, y para mi pido un pincho de tortilla de patata y unos flamenquines. Pienso que tal vez sea mucho pero se está a gusto en el sitio y la noche es joven, así que me preparo para llenar bien la panza.

El camarero nos atiende muy bien y las patatas y las croquetas no tardan mucho en llegar. Al ver los platos sobre la mesa empiezo a mosquearme. Su tamaño es sorprendentemente pequeño. En el de croquetas vienen cuatro, las mismas que en la foto, no engañan a nadie. Tocamos a una cada uno y no son mucho más grandes que uno de esos caramelos de toffe que me regalaba mi abuela cuando era un crío y que al masticarlos se quedaban diabólicamente pegados a los dientes. El plato de patatas bravas también es de risa; en el bar de debajo de mi casa, en mi pueblo, te ponen uno más grande que ese con solo pedir un vino. Nos miramos los unos a los otros sin mediar palabra, hasta que mi amigo Evilio el guatón empieza a reírse de esa manera tan contagiosa y peculiar suya que provoca que la gente de las mesas cercanas empiecen a mirarnos con cara de preguntarse qué nos hemos fumado antes de entrar al local.

Las patatas están blandurrias y la croquetas no saben a nada, eso sí, en la presentación no fallan. Los platos están bonitos.

Poco más tarde llegan las tapas que hemos pedido cada uno y la tónica es la misma, mi pincho de tortilla viene sobre un pedacito de pan que devoro de dos  bocados. Los flamenquines están bastante tiesos, como si hubieran sido calentados en el microondas, y las lonchas de jamón serrano y lomo de cerdo con los que se supone que están hechos tienen casi el mismo grosor que una hoja de papel.

Estoy enfadado, y empiezo a pensar qué tendré en casa en la nevera para poder llenar el buche antes de irme a dormir. No puedo conciliar el sueño cuando tengo hambre.

Pedimos otra ronda de cañas, lo único bueno hasta ahora. Ya que no se puede comer bien, al menos beberemos.


Pedimos la cuenta. 15.000 pesos chilenos por barba. Algo más de 20 euros. Salimos del garito para no volver. Yo me voy a mi casa a comerme un bocadillo de queso, chorizo y mahonesa con pan de marraqueta y a dormir.

domingo, 10 de agosto de 2014

Cosas que me gustan de Chile.

Tengo un compañero de trabajo al cual no soporto, pero que ha añadido a mis archivos una expresión que me ha cautivado. El tipo en cuestión me recuerda enormemente a Luis José de Leguineche, personaje interpretado genialmente por José Luís López Vázquez en la trilogía “Patrimonio Nacional” del maestro Berlanga. Vive en casa de su suegra, la cual al parecer no deja de joderle, cosa que me resulta perfectamente razonable conociendo al yerno. El caso es que en cierta ocasión en que nos relataba la enésima vez en que su suegra le estaba tocando las narices, mi compañero, nos dijo que le soltó: -¡Señora por favor, tóqueme los cojones si quiere, pero al menos no me cuente las arrugas!-. Mágico.

La basura se tira por una trampilla. Tal cual lo veíamos en “Friends” o en muchas otras series y películas. En mi bloque e imagino que en todos los bloques de la zona, hay un cuartucho en cada planta que tiene una de estás maravillosas trampillas. Solo hay que abrirla y dejar caer la bolsa. Más tarde, supongo que el portero de la finca se encarga de sacarlas todas para que se las lleve el camión de la basura. No se pueden tirar cristales, ni objetos que puedan causar cortes a las personas que van a manejar las bolsas, y si quieres reciclar, tienes que dejar los residuos en el cuartucho separados en los tipos habituales (papel, cartón; plásticos, envases etc…). Diariamente pasa alguno de los porteros recogelos.

En el supermercado en el que suelo hacer la compra venden botes de castañas en almíbar. Tenían buena pinta así que un día compré uno. Estaban buenísimas, y más aún si las troceas un poco con el tenedor y las comes con helado de Vainilla. Loco de contento  me apresuré a contárselo a una amiga por guasap. ¡¡¡¡Mmmm, me encantan las castañas en almíbar!!!!- Contestó. ¿Cómo que te encantan las castañas en almíbar?  ¡En España no las hay! - Inquirí. Me las pusieron en un restaurante en León. – Sentenció. Y yo pensando que había descubierto América.

Cerca de la oficina en la que trabajo hay una amasandería en la que elaboran empanadas, sopaipillas, galletas, medialunas, calzones rotos, cruasanes, facturitas, y algunas cosas más. Éste es de los pocos lugares en la ciudad que abre temprano así que a menudo cuando llego al trabajo lo primero que hago es bajar a este sitio y pedir un café vainilla. El dependiente se acerca a una máquina coloca un vaso de cartón en un sitio estratégico y un minuto después me trae el delicioso café. Creo que no es más que batido de vainilla con café, pero que se le va a hacer, la vainilla me pierde.

Odio la lluvia y aquí no cayó una sola gota en los tres  primeros meses. En los tres siguientes llovió dos días. Ahora en invierno ha llovido con un poco más de regularidad, pero estoy feliz con el seco clima de Santiago. A pesar de la escasez de precipitaciones, la ciudad nunca se ve falta de suministro gracias a la cercanía de los Andes, cuyas cumbres, no se libran de la nieve en todo el año. Desgraciadamente, la gran mayoría de las calles de Santiago no tienen sistema de recogida de aguas lluvia por lo que las calles se inundan en cuanto el agua cae con cierta intensidad.

El pavo pimentón es jamón de pavo cocido, con vetas de pimentón. Tan sencillo como eso, pero está riquísimo. Me suelo hacer sándwiches con queso y unas lonchas de este pavo, calentándolos en la sartén. A veces también se lo añado a la ensalada.

El mango. Ya lo conocía, pero supongo que no la había comido nunca en su punto de maduración. El caso es que es una fruta que tiene un buen bocado. A veces me he comido dos mangos y con eso ya he cenado. Otras veces lo he cortado en pedazos y mezclado con yogurt. Deliciosos de cualquier manera.

Las latas de cerveza son de 350 ml. En el Reino Unido lo más frecuente es servir la cerveza en pintas, que es poco más de medio litro. Cuanto más mejor, pensaréis algunos. Yo a la pinta la veo un inconveniente y es que normalmente cuando voy a beber el último tercio, la cerveza ya está caliente; por lo cual prefiero la medida española de 33 cl. El tercio de litro ha sido perfeccionado por los chilenos añadiéndole un poquito más de cerveza. Para que no se te caliente antes de haber terminado de bebértela tan solo tienes que meterla unos minutos en el congelador antes de consumirla.

El culo, o poto como dicen aquí, de las chilenas. Es ésta, una parte de la anatomía femenina que recibe gran atención de propios y extraños, y tengo que decir que las chilenas están dotadas de  unos panderos de los más bonitos, respingones, y graciosos.

Como podéis ver, casi todas las cosas de las que hablo son alimentos o se pueden beber, o incluso mordisquear. Supongo que es gracias a todos estos descubrimientos por lo que ahora no necesito utilizar el cinturón que sí necesitaba cuando llegué a este país.

Espero con el tiempo seguir ampliando esta lista.

Paz.

sábado, 8 de marzo de 2014

El Magdalena

Hace unas semanas descubrí un bar restaurante ubicado en una calle cercana al río Mapocho, a unos quince minutos caminando desde mi casa llamado “El Magdalena”. En la pared cuelga una bandera rojigualda y un cartel que reza: “En este local se dan dos besos”, en contra a la costumbre chilena según la cual solo se da un solo beso a la hora de saludar a las chicas. Es un local  pequeño en el que caben unas pocas mesas y ni siquiera hay barra. Al reducido espacio interior se le suman cinco o seis mesas más que colocan en la acera conformando una pequeña terraza.

Sin embargo, cada jueves por la tarde noche, las mesas de la terraza desaparecen, para permitir que a pesar del limitado aforo, una pequeña multitud de españoles en pie se congreguen y colapsen la acera por completo mientras degustan mahous, alambras, sangría, y alguna que otra ración de calamares a la romana o patatas bravas. El ambiente que se crea, tan diferente al de los bares chilenos en los que habitualmente todo el mundo está sentado, provoca que cada uno de nosotros nos sintamos un poquito más cerca de los lugares de origen de los cuales nos hemos visto forzados a emigrar, y sirve también, como no, para constatar que sin duda alguna las españolas son mucho más guapas que las chilenas.

En la acera de enfrente se encuentra otro bar restaurante (la mayoría de los bares de Santiago también sirven comida) con una gran terraza llena de mesas y que cuenta con un espacio interior muchísimo más grande que el del Magdalena. Es divertido observar, cómo clientes de este sitio y viandantes nativos, inevitablemente se sorprenden de ver tal cantidad de gente de pie, bebiendo, comiendo, charlando, y pasándolo bien. Sin duda el local de en frente cuenta con mejor infraestructura, pero el ambiente que se crea allí no lo cambio por ninguno de los garitos chilenos en los que he estado hasta ahora.

Desde que descubrí este sitio, los jueves por la tarde en El Magdalena, se han convertido en una cita ineludible a la que no se puede faltar. Así que salgo del trabajo lo antes posible, y en cuanto llego a casa, me pongo una camisa, me echo desodorante en el sobaquillo y salgo raudo y veloz hacia El Magdalena. Ese par de horas que paso allí, son para mí como un oasis en medio del desierto de Atacama.

La gerencia aprovecha todas las fiestas españolas para celebrar y atraer a la comunidad española. Como por ejemplo el viernes pasado, que se celebraba la fiesta de Andalucía sirviendo rebujito y poniendo sevillanas en el equipo de música. Y supongo que será un lugar de referencia durante el mundial de futbol que tendrá lugar este año.

Desde que lo descubrí, suelo acostarme ligeramente tambaleante y con una sonrisa en los labios los jueves. Por el contrario los viernes se me han hecho un poco más cuesta arriba de lo normal. Pero que quieres que te diga. No lo puedo evitar.

viernes, 7 de febrero de 2014

Semana grande

La llegada a Santiago de un amigo desde Lima rompe la monotonía de mi vida semanal, consistente en ir de la oficina a casa y de casa a la oficina. Tiene que trabajar toda la semana aquí, pero en lugar de llegar el lunes llega el sábado para aprovechar al máximo su estancia. Su empresa le ha pillado un hotel a cinco minutos de mi casa.

A primera hora de la tarde del domingo intentamos ir a ver el partido del Barcelona, así que nos acercamos a un bar restaurante español llamado “De la ostia” en el que suelen poner los partidos del equipo blaugrana, pero unos trabajadores que parecen estar realizando reformas en el interior nos informan de que el local está cerrado los domingos.

Tras esta contrariedad caminamos un poco por la zona en busca de algún otro sitio donde poder verlo, pero en los pocos locales que están abiertos, no ponen el futbol. Los domingos son días fantasma en Santiago. A penas hay comercios abiertos, la mayoría de bares y restaurantes cierran, y la gente desaparece de las calles.

Decidimos ir a tomar una cerveza pero ninguno de los pocos garitos abiertos nos parecen interesantes así que terminamos en la terraza de mi casa  escuchando el partido por la radio desde su iphone, bebiendo birra, y comiendo patatas fritas. Después del partido nos aventuramos en busca del algún sitio que esté abierto por una zona de bares cercana a mi casa y encontramos una terraza bastante agradable donde permanecemos bebiendo y hablando de todo un poco hasta que se hace tarde. Nos despedimos hasta el día siguiente. Mañana hay que trabajar.

El lunes por la tarde, después de la faena, nos acercamos a la misma terraza en la que estuvimos el día anterior. Pedimos dos jarras de cerveza de barril, que aquí llaman “shop” (pronúnciese chop), y algo para comer. Cinco minutos después la camarera que tiene los brazos llenos de tatuajes de colores, las orejas llenas de cosas metálicas, y el pelo teñido a partes iguales de verde, fucsia, amarillo, vuelve para informarnos que la cerveza de barril está caliente y nos sugiere que pidamos alguna cerveza de botella. Mi amigo le dice a la camarera que la cerveza de barril se refrigera por medio de un sistema que va integrado en la impulsión del líquido, y que por tanto no puede ser que esté caliente. La chica vuelve dentro a consultar y un buen rato después regresa para informarnos que el aparato está roto. Pedimos entonces dos cervezas de las que están en la carta. Yo pido una alemana y mi colega elige una local. Otros cinco minutos después regresa sin las botellas. Vuelve a funcionar el cañero y si queremos puede traernos las jarras. Le decimos que de acuerdo, que nos traiga el pedido inicial. Pero otros cinco minutos después regresa de nuevo con las manos vacías. Definitivamente el cañero no funciona. A mi amigo se le hincha claramente una vena que le atraviesa la frente de sien a sien. A buen seguro que le gustaría decorarle la dentadura con el cenicero que hay sobre la mesa.

Volvemos a nuestra segunda opción. Las cervezas de botella. Al menos otros cinco minutos después regresa. No les queda ninguna de las cervezas que hemos elegido. Nos dice lo que guardan en la nevera y volvemos a elegir. A estas alturas de la comida ya ni nos acordamos. Mi compadre está muy enfadado. Yo trato de tomármelo con humor y casi me hace gracia la situación.  

Esta vez sí, diez minutos después regresa con las birras pero sin la comida. Sospechamos que a este ritmo nos acabaremos la bebida antes de que llegue la cena. Por suerte nos equivocamos. Por desgracia, la comida que hemos pedido está sosa y nada buena. Pagamos y nos vamos para no volver. El próximo día probaremos en otro lugar.

El martes según llego a casa del trabajo me lanzo a la calle en busca de una cámara de fotos para el curro lo más barata posible. Visito tres centros comerciales de los más populares de Chile. En todos ellos tienen la misma cámara por el mismo precio. Son las ventajas del capitalismo. Un poco más tarde, y poco después de dirigirme hacia mi casa, encuentro una tienda en la que tienen un modelo de cámara más barata. La hay en fucsia y en azul celeste, tiene 8 megapíxeles y además es sumergible hasta tres metros. Una joya. Siempre he pensado que lo barato sale caro pero a pesar de ello compro la cámara. El tacaño de mi jefe me lo agradecerá.

De camino a casa me encuentro con mi amigo que se dirige a una cena de negocios. Me da cierta alegría habérmelo cruzado. Soy de un pueblo pequeño y me gusta encontrarme con la gente sin tener que haberlos llamado al móvil previamente. Recuerdo cuando simplemente tenías que salir a la plaza, o acercarte a la sala de recreativos, y quien quisiera venir que viniera y el que no, que le dieran por donde amargan los pepinos.

El miércoles por la noche descansamos, ya que mi amigo tuvo que ir a visitar unas minas durante el día bajo un sol de justicia, y a mi me pesan tres días seguidos yéndome a dormir un poco más tarde de lo normal. Los años no perdonan.

El jueves volvemos a cervecear. El fin de semana se acerca y mi socio intenta tentarme a alargar un poco la noche, pero no caigo en la trampa. Después de la segunda cerveza él tiene más sueño que yo así que decidimos que seremos profesionales por una vez, y ya trasnocharemos si hace falta, al día siguiente.