Este sábado no tengo vis a vis, así que
decido ir al mercado de Providencia a comer las empanadas que a mi juicio son las
mejores de Santiago. Las de Tinita. No son pocas las amasanderías que o bien se
autoproclaman como las mejores de Santiago o bien han sido galardonadas con
este título por algún medio de comunicación o concurso. Sin embargo, ninguna de
ellas creo que se acerque a las que despachan este local. Uno de sus secretos
es sin dudas servirlas poco tiempo después de haber salido del horno. El otro,
la masa. Nada del habitual mazacote de harina que se suele encontrar en la
mayoría de sitios. Aquí, una masa fina y suave.
Salgo de mi cueva y camino hasta la
estación Monte Tabor por las poco transitadas calles de Maipú. En el solitario
andén, esperando el tren hay un tipo con auriculares rojos y chándal blanco que
baila como si estuviera en una discoteca a las 3 de la mañana. ¡Qué arte
quillo!
El viaje no es breve así que llego
bastante hambriento y con unas ganas terribles de mear. En el mercado no hay
baño para el público, así que, aprovechando que está en el mismo edificio,
entro en la biblioteca municipal a aliviarme. La cultura general siempre ayuda
en la vida.
Tras proceder, salgo del cementerio de los
libros, y doblo la esquina para entrar al mercado. La oferta de empanadas es
amplia: pino, queso, jamón-queso, mariscos, verduras, pollo, champiñón con queso.
Creo haberlas probado todas, y sin dudas mi favorita es la última de las
citadas, así que pido una de estas, otra de verduras (por lo de guardar la
línea) y una lata de refresco. No venden cerveza. Retiro mi encargo y me siento
en una de las mesas disponibles a disfrutar mi comida mientras veo pasar a los
visitantes del mercado y observo la pescadería anexa: las gloriosas almejas chilenas
están al doble del precio al que yo se las compro a mi amiga Anita en la feria
de mi barrio.
Decido reservar a mi favorita para el
final así que empiezo por la de verduras. Está exquisita. ¿Cómo harán para conseguir
que algo verde sea tan sabroso? A parte de las acelgas y huevo cocido, no logro
identificar ningún otro de los ingredientes, aun que pareciera que además de
verduras contiene algo parecido a una bechamel. Lleve lo que lleve es
deliciosa.
Antes de empezar con la segunda, una de
las palomas que andan rondando las mesas picoteando los restos de la masa de
las empanadas, se sube a mi mesa y mirándome fijamente a los ojos me dice -¿conoces
algún remedio para las hemorroides amigo? Tengo una que está acabando con mi
vida-. Doy un salto hacia atrás en mi silla y todos los bellos de mi cuerpo se
ponen de punta. Miro a mi alrededor, tratando de averiguar si alguien más ha
oído hablar al pajarraco. Nadie parece haberse percatado. Una paloma ha hablado
pero el mundo sigue igual. Juro que no era un loro.
No sin miedo, trago saliva y devuelvo mi
vista hacia la mesa. La paloma sigue allí, esperando una respuesta. –Otro
humano poco elocuente - dice, y sale volando.
Respiro aliviado. Vuelvo a mirar a mi
alrededor. La vida sigue.
Doy un trago a mi Canada Dry y respiro
hondo. Me dispongo a disfrutar de la segunda empanada. Lo que hace a ésta
extremadamente superior a la de otros zucuchos santiaguinos, es que está hecha
con champiñones frescos. Nada de champiñones de lata que saben más a agua de
espárragos que a champiñón. Es una maravilla. Podría comerme tres o cuatro.
Con la panza llena y el corazón contento
salgo a la calle. Hace un día espléndido y apetece pasear por las agradables
calles de Providencia en fin de semana. Me coloco los auriculares en los oídos e
inicio la reproducción de mis grandes éxitos de Primal Scream. Caminaré un buen
rato hasta que vuelva a enterrarme en una estación de metro de regreso a mi casa.
