jueves, 8 de agosto de 2013

Prólogo.

Mi jefe  me llama a su despacho, me pide que me siente, y en pocas palabras me dice que en septiembre me tengo que ir a Chile, más concretamente a la capital, Santiago. No se porqué me da la sensación de que se alegra de perderme de vista.

Mi sorpresa es relativa. Varios compañeros ya trabajan desde hace tiempo en otros países, a priori menos acogedores. Según dicen Chile es el país más europeo de los sudamericanos. Tal y como está la cosa no sé si eso será malo o bueno, la vieja Europa no se encuentra muy bien de salud últimamente.

Apenas conozco nada de allá más que algunos deportistas, que las navajas que se comen en España vienen de allí, aquello que nos contaban en el colegio de los nitratos y el guano, y que hay terremotos; de hecho me suena que hace unos pocos años hubo uno bastante grave. Un amigo había conseguido desde España, un trabajo allí como profesor de inglés, pero el terremoto ocurrió antes de que se trasladara y la academia que lo contrataba se echo para atrás, y le dijeron que no se encontraban en disposición de emplearle. Mi amigo en lugar de ir a Chile, acabó en Costa Rica.  

La gente dice que esta creciendo mucho y desarrollándose a  buen ritmo. Que hay mucho trabajo, especialmente en la minería. Parece ser que muchos españoles están yendo allí en busca de oportunidades profesionales que aquí han desaparecido.

Todo el mundo me dice que soy afortunado, que es una buena oportunidad y que Santiago es un destino estupendo, que tengo suerte de seguir con trabajo y que me lo tome como una aventura y aproveche para conocer el país lo más que pueda y viajar. Tendré que hacerles caso, porque la verdad es que yo no tengo ninguna gana de ir.

He conocido a un par de chilenos en mi vida. Me parecieron buena gente, muy correcta y educada. Espero que me acojan mejor de lo que nosotros acogemos a los inmigrantes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario