Me
levanto a las 5:45 de la mañana. Había puesto el despertador a las 6:00, pero
como de costumbre, cuando tengo que viajar, o algo importante que hacer, me he
pasado la noche despertándome a cada rato. En el último desvelo decido
levantarme en lugar de esperar a que suene la alarma. Hoy tengo que ir al
registro civil a hacer un trámite para obtener mi cédula de identidad valedera
por un año en Chile.
Ya
había acudido al registro el viernes pasado. En aquella ocasión me levanté a
las 7:00 y a las 7:40 estaba en la puerta. A pesar de que los funcionarios
empiezan a trabajar a las 8:30, allí me encontré con una fila que doblaba la
esquina de la manzana. Me coloqué al final de la misma y me dispuse a esperar
mi turno pacientemente, pero media hora después un rumor empezó a extenderse
entre los que allí esperábamos. Habían repartido 120 números y solo se
atendería a aquellos afortunados a los que les fueron entregados. Los demás
tendrían que esperar a los días siguientes. Maldije la burocracia, escupí en el
suelo, me fui a mi casa, y de allí a la oficina.
Rápidamente
me visto y salgo a la calle con mi pasaporte, además de otros documentos y
fotocopias que tengo que entregar, sin ducharme, sin desayunar, y sin cagar. En
unos quince minutos llego al edificio que alberga al registro. A pesar del
madrugón, ya hay unas treinta personas delante de mí. Calculo que con suerte
para las 12:00 habré salido de allí.
En
el lugar de la fila que me ha tocado tengo cinco perros callejeros a mí alrededor
que no paran de rascarse. Seguramente acabe lleno de pulgas. Además la mañana
es fresca y me he puesto una camisa de manga corta. En los siguientes veinte
minutos nadie se pone detrás de mí, lo que significa que hubiera tenido tiempo
de sobra para plantar un pino y haber salido a la terraza a ver si hacía frío.
Me siento bastante imbécil.
Trato
de concentrarme en otra cosa para no escuchar la llamada de la naturaleza. Por
ejemplo en una madre con espectacular culo redondo y respingón en el que podría
apoyarse una taza de café, que ha venido con su hijo el cual que duerme
plácidamente en su cochecito en una postura digna del mejor contorsionista. El
crio está un poco crecidito para ir sentado en uno de esos cacharros con ruedas.
También
hay una chica bastante guapa que lleva unos auriculares conectados a su
teléfono móvil y que parece totalmente ignorante a lo que ocurre a su alrededor,
y sobre todo a mí. En los primeros puestos hay cuatro adolescentes que charlan
animadamente y en el patio del registro dos gatos juguetean.
Un
repartidor de prensa deja un paquete de periódicos en un kiosco cercano y
reparte algunos ejemplares de una de esas gacetillas gratuitas entre la
multitud. La gente echa un vistazo a las páginas y solidariamente las van
pasando una vez han terminado de ojearlas. Cuando me llega a mí empiezo a leer
como si de la mejor novela del mundo se tratase. Hay pequeñas columnas
dedicadas a cada uno de los futbolistas chilenos que juegan en equipos
españoles que narran sus hazañas en la jornada del fin de semana. También leo
los artículos dedicados a cine y televisión. Me resulta especialmente
interesante un artículo sobre una serie basada en hechos reales que narra cómo
dos carabineros de Viña del Mar, en los años 80, se volvieron locos y cegados
por el ansia de conseguir dinero fácil se dedicaron a cometer crímenes para la
mafia. Al parecer acabaron sentenciados a la pena de muerte.
Mientras
tanto la fila ha ido creciendo a lo largo detrás de mí y a lo ancho delante de
mí. Lo cual me pone de muy mala ostia. Una señora llega acompañada por su hija
y por una sonrisa de oreja a oreja. Debe ser porque ha dormido una hora más que
yo. Uno de los adolescentes de antes les cuela en los primeros lugares de la
fila. Mis ganas de cagar crecen proporcionalmente a mi ira.
El
chiquillo que dormía en el carricoche ha despertado y ahora descansa en brazos
de su madre que no para de hacerle carantoñas y cosquillas. El chiquillo
disfruta de lo lindo, pero a mí me parece demasiado grande como para ir colgado
del cuello de la mujer.
Hacia
las 7:40 pasan un par de coches de los carabineros. En la parte trasera de uno
de ellos viaja una mujer con cara triste. Pocos segundos más tarde pasa una
camioneta también de los carabineros que transporta en la trasera uno de esos habituales
carritos que venden perritos calientes en la calle. Seguramente la pobre mujer
acaba de perder su medio de vida, y se ha ganado una multa. ¿No tendrán nada
mejor que hacer los agentes de la ley?
A
las 7:50 se persona en la puerta del registro un carabinero barrilete, con su
walkie talkie, su pistola y su chaleco antibalas y nos dice que durante el fin
de semana han robado todos los ordenadores del registro y por consiguiente hoy
no podremos ser atendidos. ¿No podría haber venido a avisarnos antes el muy
cabrón en lugar de estar persiguiendo a vendedoras de perritos calientes?
Me
entran ganas de agarrar por el pelo a la señora que se coló y estrellar su
cabeza contra la del agente de la ley, así que pienso que mejor me voy a mi
casa. A jiñar.