lunes, 20 de enero de 2014

Lunes de registro.

Me levanto a las 5:45 de la mañana. Había puesto el despertador a las 6:00, pero como de costumbre, cuando tengo que viajar, o algo importante que hacer, me he pasado la noche despertándome a cada rato. En el último desvelo decido levantarme en lugar de esperar a que suene la alarma. Hoy tengo que ir al registro civil a hacer un trámite para obtener mi cédula de identidad valedera por un año en Chile.

Ya había acudido al registro el viernes pasado. En aquella ocasión me levanté a las 7:00 y a las 7:40 estaba en la puerta. A pesar de que los funcionarios empiezan a trabajar a las 8:30, allí me encontré con una fila que doblaba la esquina de la manzana. Me coloqué al final de la misma y me dispuse a esperar mi turno pacientemente, pero media hora después un rumor empezó a extenderse entre los que allí esperábamos. Habían repartido 120 números y solo se atendería a aquellos afortunados a los que les fueron entregados. Los demás tendrían que esperar a los días siguientes. Maldije la burocracia, escupí en el suelo, me fui a mi casa, y de allí a la oficina.

Rápidamente me visto y salgo a la calle con mi pasaporte, además de otros documentos y fotocopias que tengo que entregar, sin ducharme, sin desayunar, y sin cagar. En unos quince minutos llego al edificio que alberga al registro. A pesar del madrugón, ya hay unas treinta personas delante de mí. Calculo que con suerte para las 12:00 habré salido de allí.

En el lugar de la fila que me ha tocado tengo cinco perros callejeros a mí alrededor que no paran de rascarse. Seguramente acabe lleno de pulgas. Además la mañana es fresca y me he puesto una camisa de manga corta. En los siguientes veinte minutos nadie se pone detrás de mí, lo que significa que hubiera tenido tiempo de sobra para plantar un pino y haber salido a la terraza a ver si hacía frío. Me siento bastante imbécil.

Trato de concentrarme en otra cosa para no escuchar la llamada de la naturaleza. Por ejemplo en una madre con espectacular culo redondo y respingón en el que podría apoyarse una taza de café, que ha venido con su hijo el cual que duerme plácidamente en su cochecito en una postura digna del mejor contorsionista. El crio está un poco crecidito para ir sentado en uno de esos cacharros con ruedas.

También hay una chica bastante guapa que lleva unos auriculares conectados a su teléfono móvil y que parece totalmente ignorante a lo que ocurre a su alrededor, y sobre todo a mí. En los primeros puestos hay cuatro adolescentes que charlan animadamente y en el patio del registro dos gatos juguetean.

Un repartidor de prensa deja un paquete de periódicos en un kiosco cercano y reparte algunos ejemplares de una de esas gacetillas gratuitas entre la multitud. La gente echa un vistazo a las páginas y solidariamente las van pasando una vez han terminado de ojearlas. Cuando me llega a mí empiezo a leer como si de la mejor novela del mundo se tratase. Hay pequeñas columnas dedicadas a cada uno de los futbolistas chilenos que juegan en equipos españoles que narran sus hazañas en la jornada del fin de semana. También leo los artículos dedicados a cine y televisión. Me resulta especialmente interesante un artículo sobre una serie basada en hechos reales que narra cómo dos carabineros de Viña del Mar, en los años 80, se volvieron locos y cegados por el ansia de conseguir dinero fácil se dedicaron a cometer crímenes para la mafia. Al parecer acabaron sentenciados a la pena de muerte.

Mientras tanto la fila ha ido creciendo a lo largo detrás de mí y a lo ancho delante de mí. Lo cual me pone de muy mala ostia. Una señora llega acompañada por su hija y por una sonrisa de oreja a oreja. Debe ser porque ha dormido una hora más que yo. Uno de los adolescentes de antes les cuela en los primeros lugares de la fila. Mis ganas de cagar crecen proporcionalmente a mi ira.

El chiquillo que dormía en el carricoche ha despertado y ahora descansa en brazos de su madre que no para de hacerle carantoñas y cosquillas. El chiquillo disfruta de lo lindo, pero a mí me parece demasiado grande como para ir colgado del cuello de la mujer.

Hacia las 7:40 pasan un par de coches de los carabineros. En la parte trasera de uno de ellos viaja una mujer con cara triste. Pocos segundos más tarde pasa una camioneta también de los carabineros que transporta en la trasera uno de esos habituales carritos que venden perritos calientes en la calle. Seguramente la pobre mujer acaba de perder su medio de vida, y se ha ganado una multa. ¿No tendrán nada mejor que hacer los agentes de la ley?

A las 7:50 se persona en la puerta del registro un carabinero barrilete, con su walkie talkie, su pistola y su chaleco antibalas y nos dice que durante el fin de semana han robado todos los ordenadores del registro y por consiguiente hoy no podremos ser atendidos. ¿No podría haber venido a avisarnos antes el muy cabrón en lugar de estar persiguiendo a vendedoras de perritos calientes?


Me entran ganas de agarrar por el pelo a la señora que se coló y estrellar su cabeza contra la del agente de la ley, así que pienso que mejor me voy a mi casa. A jiñar.