Sin
embargo, cada jueves por la tarde noche, las mesas de la terraza desaparecen,
para permitir que a pesar del limitado aforo, una pequeña multitud de españoles
en pie se congreguen y colapsen la acera por completo mientras degustan mahous,
alambras, sangría, y alguna que otra ración de calamares a la romana o patatas
bravas. El ambiente que se crea, tan diferente al de los bares chilenos en los
que habitualmente todo el mundo está sentado, provoca que cada uno de nosotros
nos sintamos un poquito más cerca de los lugares de origen de los cuales nos
hemos visto forzados a emigrar, y sirve también, como no, para constatar que
sin duda alguna las españolas son mucho más guapas que las chilenas.
En
la acera de enfrente se encuentra otro bar restaurante (la mayoría de los bares
de Santiago también sirven comida) con una gran terraza llena de mesas y que
cuenta con un espacio interior muchísimo más grande que el del Magdalena. Es
divertido observar, cómo clientes de este sitio y viandantes nativos,
inevitablemente se sorprenden de ver tal cantidad de gente de pie, bebiendo,
comiendo, charlando, y pasándolo bien. Sin duda el local de en frente cuenta
con mejor infraestructura, pero el ambiente que se crea allí no lo cambio por
ninguno de los garitos chilenos en los que he estado hasta ahora.
Desde
que descubrí este sitio, los jueves por la tarde en El Magdalena, se han
convertido en una cita ineludible a la que no se puede faltar. Así que salgo
del trabajo lo antes posible, y en cuanto llego a casa, me pongo una camisa, me
echo desodorante en el sobaquillo y salgo raudo y veloz hacia El Magdalena. Ese
par de horas que paso allí, son para mí como un oasis en medio del desierto de
Atacama.
La
gerencia aprovecha todas las fiestas españolas para celebrar y atraer a la
comunidad española. Como por ejemplo el viernes pasado, que se celebraba la
fiesta de Andalucía sirviendo rebujito y poniendo sevillanas en el equipo de
música. Y supongo que será un lugar de referencia durante el mundial de futbol
que tendrá lugar este año.
Desde
que lo descubrí, suelo acostarme ligeramente tambaleante y con una sonrisa en
los labios los jueves. Por el contrario los viernes se me han hecho un poco más
cuesta arriba de lo normal. Pero que quieres que te diga. No lo puedo evitar.