sábado, 8 de marzo de 2014

El Magdalena

Hace unas semanas descubrí un bar restaurante ubicado en una calle cercana al río Mapocho, a unos quince minutos caminando desde mi casa llamado “El Magdalena”. En la pared cuelga una bandera rojigualda y un cartel que reza: “En este local se dan dos besos”, en contra a la costumbre chilena según la cual solo se da un solo beso a la hora de saludar a las chicas. Es un local  pequeño en el que caben unas pocas mesas y ni siquiera hay barra. Al reducido espacio interior se le suman cinco o seis mesas más que colocan en la acera conformando una pequeña terraza.

Sin embargo, cada jueves por la tarde noche, las mesas de la terraza desaparecen, para permitir que a pesar del limitado aforo, una pequeña multitud de españoles en pie se congreguen y colapsen la acera por completo mientras degustan mahous, alambras, sangría, y alguna que otra ración de calamares a la romana o patatas bravas. El ambiente que se crea, tan diferente al de los bares chilenos en los que habitualmente todo el mundo está sentado, provoca que cada uno de nosotros nos sintamos un poquito más cerca de los lugares de origen de los cuales nos hemos visto forzados a emigrar, y sirve también, como no, para constatar que sin duda alguna las españolas son mucho más guapas que las chilenas.

En la acera de enfrente se encuentra otro bar restaurante (la mayoría de los bares de Santiago también sirven comida) con una gran terraza llena de mesas y que cuenta con un espacio interior muchísimo más grande que el del Magdalena. Es divertido observar, cómo clientes de este sitio y viandantes nativos, inevitablemente se sorprenden de ver tal cantidad de gente de pie, bebiendo, comiendo, charlando, y pasándolo bien. Sin duda el local de en frente cuenta con mejor infraestructura, pero el ambiente que se crea allí no lo cambio por ninguno de los garitos chilenos en los que he estado hasta ahora.

Desde que descubrí este sitio, los jueves por la tarde en El Magdalena, se han convertido en una cita ineludible a la que no se puede faltar. Así que salgo del trabajo lo antes posible, y en cuanto llego a casa, me pongo una camisa, me echo desodorante en el sobaquillo y salgo raudo y veloz hacia El Magdalena. Ese par de horas que paso allí, son para mí como un oasis en medio del desierto de Atacama.

La gerencia aprovecha todas las fiestas españolas para celebrar y atraer a la comunidad española. Como por ejemplo el viernes pasado, que se celebraba la fiesta de Andalucía sirviendo rebujito y poniendo sevillanas en el equipo de música. Y supongo que será un lugar de referencia durante el mundial de futbol que tendrá lugar este año.

Desde que lo descubrí, suelo acostarme ligeramente tambaleante y con una sonrisa en los labios los jueves. Por el contrario los viernes se me han hecho un poco más cuesta arriba de lo normal. Pero que quieres que te diga. No lo puedo evitar.