Tras
la reunión salgo pitando a la casa a terminar de hacer la maleta y salir
corriendo a coger un tren que unas 8 horas después me dejará en la estación de
Chamartín. A pesar de que la reunión acabó antes de lo previsto llego al tren
corriendo y con una sudada importante debido a la alta humedad del ambiente.
Una vez dentro del vagón, con el aire acondicionado del tren me voy encontrado
mejor y por fin consigo relajarme un poco mientras pienso que hasta dentro de veinticuatro horas no me podré duchar. Los pasajeros que se sienten a mi lado tendrán que sufrir el cante de mis alerones.
Siempre que viajo, al salir de casa, tengo la sensación de que me olvido algo. La mayoría de las veces no es así, pero algunas sí. Esta vez tras comprobar mis maletas confirmo que me he olvidado el cargador del móvil.
Trato de dormir, pero me resulta imposible.
En una de las muchas paradas que realiza el tren durante el trayecto se suben en mi vagón una chica que me resulta atractiva con otra mujer que parece ser su madre.
Desgraciadamente en la siguiente estación, se suben en el tren tres tipos. Los tres llevan unas de esas gafas que te tapan media cara, pantalones cortos, camisas de cuadros entalladas de diferentes colorines, y peinados modernos con crestas y los laterales de la cabeza rasurados. Dos de ellos se sientan en frente de la chica atractiva y de su madre, y el otro en la misma fila pero al otro lado del pasillo.
En
seguida se ponen a hablar con la chica atractiva. Al parecer los tres tipos
vienen de una fiesta en una discoteca en la que dos de ellos han realizado una
actuación en la que cantan como en un karaoke una canción de letra facilona y
pegadiza, acompañado por unos de esos bailes estúpidos que todo el mundo puede
reproducir. El tercero dice ser el representante de los otros dos. Según
cuentan, en la discoteca se encontraban alguno de los personajes que desfilan
por el programa “Mujeres y hombres, bíceps y berzas”, lo cual parece interesar
mucho a la chica, que junto con su madre declaran ser fans del programa.
Automáticamente la chica deja de resultarme atractiva para convertirse en una
estúpida con dientes sucios y risa de hiena.
Trato de aislarme de su conversación conectando los auriculares a mi portátil mientras miro una película, pero a pesar de que pongo el volumen al máximo, el elevado tono con el que hablan los tres prohombres y lo agudo de las risas de la chica-hiena, no evitan que me hierva la sangre mientras imagino varias formas de asesinarlos a los cinco.
Por
fin llegamos a Chamartín. De allí cojo un metro al aeropuerto que me cuesta
cinco eurazos. Maldigo a Esperanza Aguirre. Una vez en el aeropuerto, tengo que coger otro tren que me lleva a la
terminal 4 desde la que partirá el avión. Afortunadamente éste es gratis.
He llegado al aeropuerto con tiempo de sobra así que me dedico a deambular por los pasillos y echar un vistazo a las tiendas que hay por allí. Cuando me canso de andar saco de la maleta un bocadillo que me preparé por la mañana y lo como con una cerveza que compro en una de las cafeterías.
El
viaje en avión se hace pesado, pero menos de lo esperado ya que consigo dormir
bastante debido al cansancio que acumulo. También esperaba que fuese más cómodo
y que hubiese más espacio entre butacas que en los aviones de las compañías de
bajo coste a las que estoy acostumbrado, pero a lo sumo hay dos centímetros más
de espacio entre butacas. Me siento como una sardina en lata.
Trece horas después aterrizo en Santiago, que me recibe con la agradable temperatura de un grado sobre cero. Aproximadamente dos horas después, tras recoger la maleta, pasar el control de inmigración, y el control del Servicio Agrícola Ganadero, consigo ver por fin la luz del sol. Ya estoy en Chile. Brilla el sol, pero yo tengo frío.