jueves, 31 de octubre de 2013

Temblorrrrrr Temblorrrrrrr!!!!!

Son alrededor de las ocho de la tarde, me encuentro estudiando en el salón de mi apartamento compartido en la octava planta de un edificio ubicado en un barrio residencial de Santiago, escuchando música con los auriculares a un volumen fuertecillo, con la vista fijada en los folios que reposan sobre la mesa.

De pronto tengo la sensación que la mesa se mueve al ritmo de la música que suena en mis auriculares, pero eso es prácticamente imposible a no ser que esté soñando, o que la cerveza que me tomé con el aperitivo al medio día haya aumentado repentinamente su efecto. Levanto la vista y veo como todo el apartamento se balancea como un junco hueco, pienso que tal vez me estoy mareando, pero al segundo recuerdo que estoy en Chile, donde según me han contado los terremotos son relativamente frecuentes. Me pongo en pie sin saber muy bien que hacer, pienso en asomarme a la terraza para ver si los edificios colindantes también se balancean, pero doy un paso y me quedo paralizado. Nunca antes había sentido un temblor. Al instante el edificio deja de oscilar. Ha sido impresionante. A los pocos segundos aparece mi compañero de piso en el salón. Dice - ¿Se ha movido, no?. – Si – Le respondo. La lámpara del salón aun oscila. Alucinante.

Según dicen en los noticieros ha sido un temblor de 6,5 en la escala de Richter. El epicentro ha sido como a 400 Km. al norte de Santiago. Por fortuna no hay víctimas que lamentar, ni daños en las infraestructuras, solamente algunas interrupciones en el suministro eléctrico en las zonas cercanas al epicentro, y en la red telefónica debido a la saturación de llamadas que se producen.

Parece que todo quedó en un susto.

domingo, 20 de octubre de 2013

Gaseado.

Tomo el metro más cercano a mi casa y me bajo en la estación “Bellas Artes”. Según me han dicho es una zona céntrica de Santiago.

Salgo del subterráneo y comienzo a caminar sin rumbo fijo. Al poco rato oigo música que proviene de algún lugar cercano. Decido seguir la pista de las notas musicales. Al poco, en un parque que hay frente a la escuela de bellas artes, me encuentro una concentración de perroflautas congregados alrededor de unos indios mapuches que parecen estar ejecutando alguna danza tradicional. Hay gente vendiendo artesanía o comida no demasiado apetecible.  




Academia de Bellas Artes
Sigo deambulando por las calles y me topo con el mercado central, del cual me han dado buenas referencias, pero decido que entraré en otra ocasión, ya que he divisado otro edificio que llama más mi atención. Se trata de la estación Mapocho, que comparte nombre con el río que atraviesa la ciudad. Es una vieja estación que hoy en día se ha convertido en un centro cultural. Lamentablemente solo puedo acceder al hall. El resto de la estación construida con estructura metálica similar a la estación de atocha y en perfecto estado de conservación solo se puede contemplar a través de una gran cristalera. En un lateral de hall hay una exposición de fotos en blanco y negro. En dos de esas fotos aparece una mujer desnuda de espaldas.

Sigo caminando perdiéndome por las calles de la ciudad. En un momento dado empiezo a cruzarme con gente que se tapa la boca y la nariz con un pañuelo. No se ve humo ni huele extraño. Pienso que tal vez algunos chiquillos han tirado una bomba fétida o quizás alguna alcantarilla en mal estado produce mal olor. Sin embargo, al poco rato comienzo a sentir un picor en las fosas nasales y poco después empiezan a picarme los ojos. Espero que se me pase solo a medida que  sigo caminando, pero no ocurre así, por lo que decido buscar un lugar donde refugiarme y descansar. Todavía no conozco ningún bar en Santiago al estilo a los que hay en España, pero veo un garito que me da buena espina, se llama “The Clinic”. Por una vez mi intuición no me falla,  resulta ser un sitio muy interesante con un pequeño cine, bar restauran, tienda de vinilos, libros, camisetas; y con una clara tendencia zurda ya que hay varios cuadros que parodian a Sebastian Piñera, actual presidente de Chile de tendencia diestra, según me han contado. Aposento mi trasero en una banqueta junto a la barra y pido una cerveza. Al poco rato el camarero regresa con una jarra de al menos medio litro de birra. No protesto, mis fosas nasales y mi garganta agradecen el delicioso elixir, mi bolsillo no tanto, 2.900 pesos. Casi cinco euros. En la fachada del local hay una inscripción que reza “The Clinic miente. Siempre del lado del patrón”. Tal vez tenga razón.

Después de descansar mis piernas durante al menos media hora, decido emprender la marcha. El picor de mis ojos y fosas nasales ha desaparecido casi por completo y el medio litro de zumo de cebada me envalentona y decido caminar hacia Bellavista, un barrio de Santiago conocido, según me han contado, por su ambiente lúdico. El único problema es que no sé como llegar hasta allí, así es que decido preguntar a una nativa. Debe ser mi día de suerte pues según me indica solo tengo que seguir caminando por la calle en la que me encuentro.

Después de veinte minutos caminando no veo ni rastro del mencionado barrio así que decido volver a preguntar a un señor acompañado por el que presupongo que es su hijo que me indican el camino, y que no se parece mucho  al que me trazó la nativa a la que pregunté. Solo tengo que seguir caminado un kilómetro más y cruzar el río Mapocho, y me encontraré en el conocido barrio de Bellavista.

Cuando llego al puente por el que tengo que cruzar el río me encuentro con una estampa aun más inesperada que la de los indios mapuches bailando frente a la escuela de bellas artes. El río está canalizado con paredes verticales de hormigón. Por uno de los laterales del Mapocho han descolgado una escala y han montado varias tiendas de campaña en la vereda además de un escenario. Sobre él hay varias personas. Una de ellas, micrófono en mano está hablando sobre una empresa y sus trabajadores, los cuales llevan 48 días en huelga. Paso de largo y continúo mi paseo.

En el barrio de Bellavista efectivamente hay mucho ambiente. La gente abarrota las terrazas de bares y restaurantes pintados de diferentes colores. Me llama la atención que en las mesas hay botellas de cerveza de litro con varios vasos para compartir.

Se hace tarde y estoy cansado así que decido dar media vuelta y dirigirme a la parada de metro más cercana. Cuando me voy acercando al puente por el que crucé anteriormente me sorprendo al comprobar que hay una masa de gente a ambos lados del río y en el propio puente mirando al escenario sobre el que un hombre de unos sesenta años acompañado por una banda de músicos jóvenes está dando un concierto. Me paro un momento para escuchar una canción. Cuando termina el cantante da un pequeño discurso a favor de los trabajadores de la empresa. En todas partes cuecen habas.
 
Llego al metro y pienso que pronto podré sentarme en el sofá. No estoy acostumbrado a estas caminatas. Después de un corto trayecto salgo a la superficie. Ya ha oscurecido. Es la primera vez que tomo el metro y solo así que a la salida no logro orientarme bien. Comienzo a caminar en la que yo pienso es la dirección correcta, pero al cabo de diez minutos no reconozco la calle en la que estoy. Pregunto de nuevo a otra nativa, y me indica la dirección correcta, que es justo la opuesta a la que yo he tomado. ¡Bien por mí!

Al llegar a casa mi compañero de piso me cuenta que ha visto en el noticiero que los carabineros, la policía de aquí, también llamados tortugas ninja por sus uniformes verdes, disolvieron una concentración a favor de los indios mapuches utilizando gases lacrimógenos.  

Sin comentarios.

domingo, 13 de octubre de 2013

Conducir en Santiago.

El tráfico en Chile es una locura, y conducir se convierte en un deporte de riesgo. La mayoría de conductores cambian de carril sin avisar con el intermitente y cuando necesitas cambiar tú, no te dan facilidades. Supongo que por eso se ven pocos coches que no tengan rayones o golpes en la carrocería, y los taxis no son precisamente coches de alta gama. ¿Para qué vas a comprar un buen coche si te lo van a golpear si o si?

En las autopistas de acceso o circunvalación parece estar permitido adelantar por la derecha, pero eso sí, es obligatorio llevar las luces encendidas. Además las rotondas no existen, lo cual en una gran ciudad como ésta, garantiza las aglomeraciones, especialmente en hora punta.

Para colmo, hay calles en las que según la hora del día se circula en un sentido o en otro, o en ambos sentidos a la vez. Lo cual complica un poco más la conducción al recién llegado.

El otro día llegué a un cruce en el que habitualmente suelo seguir de frente. Sin embargo mientras esperaba que el semáforo se pusiera en verde me di cuenta de que los coches ocupaban todos los carriles en el mismo sentido; hacia mí. También había una señal que prohibía el giro a la izquierda con lo cual la única opción que me quedaba era girar a la derecha. Lamentablemente el giro a la derecha me condujo a una autopista, y hasta unos veinte minutos más tarde no pude salir de ella, previo pago del peaje correspondiente. Una vez fuera de la autopista no fui capaz de encontrar el acceso a la misma en sentido contrario, con lo cual estaba completamente perdido en algún lugar indeterminado de Santiago. Después de una media hora conduciendo en la que yo pensaba era dirección al centro de Santiago decidí preguntarle a un barrendero, el cual me indicó que debía ir en dirección contraria a la que yo llevaba. No logré llegar al punto al que pretendía ir inicialmente hasta al menos dos horas y unos cuantos juramentos más tarde. Supongo que me volverá a ocurrir un par de veces más hasta que conozca un poco más la ciudad.

En muchos semáforos de la ciudad y especialmente en aquellas calles en las que se forman atascos en las horas punta, hay gente vendiendo todo tipo de cosas, desde un periódico hasta un cargador de móvil para el coche, o cualquier cosa para aplacar la sed o el hambre. También hay el típico que se ofrece a limpiarte la luna del coche, otros que realizan malabares, y otros que rizando el rizo (mis favoritos) vestidos de payasos, parodian a limpiadores, vendedores, y malabaristas tratando de arrancarte una sonrisa y algunos pesos chilenos.

domingo, 6 de octubre de 2013

Primeras impresiones.

Después del poco tiempo que llevo en Santiago hay poco que pueda decir mas allá de que es una ciudad muy grande. Obvio, como dirían aquí, pero es que es de esas ciudades en las que te sientes invisible, en las que tienes la sensación de que vayas en la dirección que vayas no te vas a salir nunca, en la que mires en la dirección que mires no ves otra cosa que edificios y asfalto.

Hay cinco líneas de metro que me parecen pocas para lo extensa que es la ciudad. De hecho según me han contado, en las horas punta hay tanta gente en el metro que hay que meterse a empujones en los vagones, igual que en esas imágenes que se ven en España del metro de Tokio en las que el personal del metro tiene que empujar a los usuarios para que se puedan cerrar las puertas del tren. Al parecer hay otras dos líneas en construcción que sin duda son necesarias.

Hasta ahora he visto pocas cosas, pero parece una ciudad con cierto aire decadente. Se ven algunos edificios un poco deteriorados, y las calles están un poco sucias y no muy bien pavimentadas. Eso de que Chile es el país más europeo de Suramérica, tal vez sea verdad, porque no conozco ningún otro país de este continente, pero a mi Chile no me parece demasiado europeo. Más bien se me antoja más similar a EEUU, por lo poco que yo conozco de ese país que no va más allá de lo que he podido ver en películas y series de televisión. Las edificaciones, los coches, la mayoría de origen estadounidense y japonés, los horarios, la alimentación, y los productos que encuentras en el supermercado se me resultan más similares a los estadounidenses que a los europeos.

Hace unos días pasé por la plaza de armas, en la que se encuentra la catedral de Santiago, el edificio de correos, y el museo de historia nacional. Sin embargo, lo que más llamó mi atención fue la presencia de predicadores que micrófono en mano tratan de ganarse a los viandantes para su causa. Sin mucho éxito la verdad. Creo que las únicas que escuchaban eran las palomas.

La cordillera de los Andes con sus cumbres aun nevadas está presente permanentemente ya que se ve perfectamente desde la ciudad. Además de para contemplar las montañas, sirve para orientarse en la ciudad, y siempre que te diriges hacia ella sabes que estas yendo al este, o como dicen aquí, al oriente.

También llama la atención la presencia de muchos perros abandonados en la ciudad, que son alimentados esporádicamente por algunas personas, del mismo modo que en España hay gente que da de comer a las palomas o a los gatos.

El clima aquí, hasta ahora es seco. Según dicen, en Santiago a penas llueve. Durante el día, si está despejado hace calor, y el sol quema más que en España debido a que en esta latitud la capa de ozono es más delgada. Sin embargo, en cuanto se nubla o se pone el sol, la temperatura baja bastante, y hace frío.



Al fondo la torre Costanera. La más alta de Sudamérica.