viernes, 7 de febrero de 2014

Semana grande

La llegada a Santiago de un amigo desde Lima rompe la monotonía de mi vida semanal, consistente en ir de la oficina a casa y de casa a la oficina. Tiene que trabajar toda la semana aquí, pero en lugar de llegar el lunes llega el sábado para aprovechar al máximo su estancia. Su empresa le ha pillado un hotel a cinco minutos de mi casa.

A primera hora de la tarde del domingo intentamos ir a ver el partido del Barcelona, así que nos acercamos a un bar restaurante español llamado “De la ostia” en el que suelen poner los partidos del equipo blaugrana, pero unos trabajadores que parecen estar realizando reformas en el interior nos informan de que el local está cerrado los domingos.

Tras esta contrariedad caminamos un poco por la zona en busca de algún otro sitio donde poder verlo, pero en los pocos locales que están abiertos, no ponen el futbol. Los domingos son días fantasma en Santiago. A penas hay comercios abiertos, la mayoría de bares y restaurantes cierran, y la gente desaparece de las calles.

Decidimos ir a tomar una cerveza pero ninguno de los pocos garitos abiertos nos parecen interesantes así que terminamos en la terraza de mi casa  escuchando el partido por la radio desde su iphone, bebiendo birra, y comiendo patatas fritas. Después del partido nos aventuramos en busca del algún sitio que esté abierto por una zona de bares cercana a mi casa y encontramos una terraza bastante agradable donde permanecemos bebiendo y hablando de todo un poco hasta que se hace tarde. Nos despedimos hasta el día siguiente. Mañana hay que trabajar.

El lunes por la tarde, después de la faena, nos acercamos a la misma terraza en la que estuvimos el día anterior. Pedimos dos jarras de cerveza de barril, que aquí llaman “shop” (pronúnciese chop), y algo para comer. Cinco minutos después la camarera que tiene los brazos llenos de tatuajes de colores, las orejas llenas de cosas metálicas, y el pelo teñido a partes iguales de verde, fucsia, amarillo, vuelve para informarnos que la cerveza de barril está caliente y nos sugiere que pidamos alguna cerveza de botella. Mi amigo le dice a la camarera que la cerveza de barril se refrigera por medio de un sistema que va integrado en la impulsión del líquido, y que por tanto no puede ser que esté caliente. La chica vuelve dentro a consultar y un buen rato después regresa para informarnos que el aparato está roto. Pedimos entonces dos cervezas de las que están en la carta. Yo pido una alemana y mi colega elige una local. Otros cinco minutos después regresa sin las botellas. Vuelve a funcionar el cañero y si queremos puede traernos las jarras. Le decimos que de acuerdo, que nos traiga el pedido inicial. Pero otros cinco minutos después regresa de nuevo con las manos vacías. Definitivamente el cañero no funciona. A mi amigo se le hincha claramente una vena que le atraviesa la frente de sien a sien. A buen seguro que le gustaría decorarle la dentadura con el cenicero que hay sobre la mesa.

Volvemos a nuestra segunda opción. Las cervezas de botella. Al menos otros cinco minutos después regresa. No les queda ninguna de las cervezas que hemos elegido. Nos dice lo que guardan en la nevera y volvemos a elegir. A estas alturas de la comida ya ni nos acordamos. Mi compadre está muy enfadado. Yo trato de tomármelo con humor y casi me hace gracia la situación.  

Esta vez sí, diez minutos después regresa con las birras pero sin la comida. Sospechamos que a este ritmo nos acabaremos la bebida antes de que llegue la cena. Por suerte nos equivocamos. Por desgracia, la comida que hemos pedido está sosa y nada buena. Pagamos y nos vamos para no volver. El próximo día probaremos en otro lugar.

El martes según llego a casa del trabajo me lanzo a la calle en busca de una cámara de fotos para el curro lo más barata posible. Visito tres centros comerciales de los más populares de Chile. En todos ellos tienen la misma cámara por el mismo precio. Son las ventajas del capitalismo. Un poco más tarde, y poco después de dirigirme hacia mi casa, encuentro una tienda en la que tienen un modelo de cámara más barata. La hay en fucsia y en azul celeste, tiene 8 megapíxeles y además es sumergible hasta tres metros. Una joya. Siempre he pensado que lo barato sale caro pero a pesar de ello compro la cámara. El tacaño de mi jefe me lo agradecerá.

De camino a casa me encuentro con mi amigo que se dirige a una cena de negocios. Me da cierta alegría habérmelo cruzado. Soy de un pueblo pequeño y me gusta encontrarme con la gente sin tener que haberlos llamado al móvil previamente. Recuerdo cuando simplemente tenías que salir a la plaza, o acercarte a la sala de recreativos, y quien quisiera venir que viniera y el que no, que le dieran por donde amargan los pepinos.

El miércoles por la noche descansamos, ya que mi amigo tuvo que ir a visitar unas minas durante el día bajo un sol de justicia, y a mi me pesan tres días seguidos yéndome a dormir un poco más tarde de lo normal. Los años no perdonan.

El jueves volvemos a cervecear. El fin de semana se acerca y mi socio intenta tentarme a alargar un poco la noche, pero no caigo en la trampa. Después de la segunda cerveza él tiene más sueño que yo así que decidimos que seremos profesionales por una vez, y ya trasnocharemos si hace falta, al día siguiente.