domingo, 24 de noviembre de 2013

La torre Costanera

Son las dos de la tarde del domingo y apenas he salido de casa en todo el fin de semana más que para ir al supermercado, así que agarro la cámara de fotos y salgo a la calle. En cuanto pongo el píe sobre la acera se nubla el día. Con la Olympus de seis megapíxeles que tengo, en cuanto el sol deja de iluminar, las fotos salen bastante tristes.

Camino de nuevo hacia el cerro de San Cristóbal, pero no con la intención de subir otra vez sino para dar una vuelta por un barrio de casas bajas que se ubica a los pies del monte, y visitar un parque que se extiende a ambas orillas del río Mapocho. Las casas bajas resultan poco interesantes. En cambio me llama la atención que la gran mayoría está protegida por alambres de espinos, algunas incluso con  valla electrificada y cámaras de video vigilancia. Vuelvo sobre mis pasos para dirigirme hacia el parque pero tampoco me resulta agradable ya que a pesar de ser muy alargado, no es demasiado ancho y por ambos costados del mismo circulan coches por calzadas de tres o cuatro carriles, y el humo y el ruido que éstos desprenden resultan bastante molestos.

Ante este panorama decido caminar hacia la torre Costanera. Parece bastante lejana así que cuando me canse daré media vuelta y volveré a casa, pero para mi sorpresa me planto ante ella tras algo menos de media hora de paseo. Al llegar me doy cuenta de que aun no está terminada. Su exterior si parece estar concluido pues se encuentra totalmente acristalado pero siguen trabajando en su interior. En su planta baja hay algunas fotos de su construcción y por lo que se ve su estructura es de hormigón armado. Me pregunto cómo es posible que no se rompieran los cristales de la torre con el temblor que ocurrió hace poco. Si mi edificio que tiene nueve plantas se meció como una hamaca ¿cuánto oscilaría aquella mole? Al acercarme a uno de ellos observo que está sujeto por un marco de material plástico de dos o tres centímetros de espesor que a buen seguro absorberán los posibles movimientos que puedan producirse.

Anexo al rascacielos hay otro edificio en cuyo interior han construido un supercentro comercial en el que el grupo inditex tiene una presencia más que notable. Creo que todas las tiendas del grupo están allí. Tal vez, las obras del interior estén siendo financiadas con el dinero que se obtiene de los alquileres de los comercios. Con la sagrada familia de Barcelona ocurre algo similar puesto que para acceder hay que pagar una entrada que te permite visitar una obra inconclusa, y la recaudación obtenida es destinada a sufragar los gatos de su construcción.

La torre costanera es, con 300 m. de altura, el rascacielos más alto de Suramérica. Me dijeron que el tipo que la diseño es un argentino y que también diseño las torres Petronas. Después de un poquito de investigación en Wikipedia descubro que también diseñó una de las cuatro torres de Florentino en Madrid, e incluso dirigió las obras de la torre Iberdrola en Bilbao.

En mi humilde opinión, este tipo de construcciones que pretenden ser icónicas para los lugares en que se construyen, no son más que grandes monumentos a la estupidez humana para mayor gloria de políticos, constructores y arquitectos; ya que cuesta mucho dinero, tiempo y esfuerzo el construirlas, y el resultado puede ser más o menos gracioso pero generará siempre un desequilibrio en aquellos lugares en que se ubican a no ser que se encuentren rodeados por otros muchos rascacielos de su mismo porte y los servicios y equipamientos de la zona estén preparados para absorber la demanda de tan alta densidad de población, además de producir un impacto visual tan indudable como innecesario a mi juicio.

La torre desde un puente sobre el Mapocho.
  

domingo, 17 de noviembre de 2013

Ascenso al cerro de San Cristobal

Santiago es una ciudad fundamentalmente llana. Existen sin embargo un puñado de montes, aquí llamados cerros, que rompen con la planicie del lugar. No lejos de mi casa hay uno que se llama cerro de San Cristóbal, y el domingo por la mañana me dispongo a alcanzar su cumbre.

Madrugo un poco con la intención de huir del sol abrasador que pega aquí en esta época del año, pero la providencia quiere que amanezca un día nublado. A pesar de ello me he pongo camiseta de manga larga y me unto el melón con protector solar para evitar quemármelo.

El cerro se encuentra a algo más de un kilómetro de mi casa. Durante el camino un perro callejero comienza a caminar a mi lado. Parece que he hecho mi primer amigo en la ciudad. Mientras espero que un semáforo se ponga en verde acompañado por el can, un tipo cruza la calle a pesar de que la luz para peatones está en rojo. Cuando llega a mi altura el chucho comienza a ladrarle como recriminándole la acción. El individuo reacciona con un desaire hacia el animal, y yo sonrío para mis adentros.

Al poco de cruzar el turbio río Mapacho el perro me abandona por otro tipo mucho más joven y musculoso que yo. Esto me suena de algo. Tal vez sea perra.

Cuando llego a las faldas del monte compruebo que a pesar de que es temprano y de que es día de votaciones en Chile, hay mucha más gente que ha tenido la misma idea que yo. Muchos en bicicleta, otros corriendo, y la mayoría caminando, disfrutando de que el acceso al monte con vehículos motorizados es bastante limitado.

Veo a un señor que baja corriendo que tiene las tetas más grandes que algunas chicas que conozco. Algunos culitos prietos me animan a continuar, a pesar de que la carretera es bastante empinada por momentos.

Ya llevo un buen rato caminando y empiezo a notar las piernas un poco cansadas. Además olvidé beber agua antes de salir y mi boca está reseca. Tras una curva, veo un cartel que reza: A tres kilómetros Mote con huesillos. No tengo ni idea de qué se trata, pero me juro a mi mismo que si consigo caminar otros tres kilómetros probaré el dichoso Mote sea lo que sea. Y si lo puedo acompañar con una cerveza fría, mejor que mejor.

A lo largo del camino constato que el cerro alberga varios edificios y áreas destinadas a la cultura y el ocio de los santiaguinos, como un centro cultural, un zoológico, un jardín japonés, y unas piscinas. Las vistas sobre Santiago son bonitas, pero que el día esté un poco nublado y la contaminación le restan belleza al paisaje. También me doy cuenta de que hay un teleférico que sube a lo más alto del cerro. Si vuelvo a subir, no creo que sea caminando.

Por fin diviso la cumbre. En lo alto hay una estatua de color blanco, cual cristo de Corcobado, y poco antes de llegar a la cima, una zona de descanso llena de gente y bicicletas. Es aquí donde se dispensa el anunciado Mote con huesillos. Hago fila frente a una barra y pido un mote con decisión, como si supiera perfectamente de qué se trata. A cambio de 800 pesos, me entregan vaso grande de plástico de plástico acompañado de una cuchara relleno de un mejunje parecido al almíbar pero algo menos espeso y dulce, con dos melocotones pequeños con su pepita y unos granos que reposan en el fondo que parecen ser de maíz. Está rico, pero no soy muy amigo del dulce. Hubiese preferido la clásica cerveza, con unos huesillos cubiertos de aceituna.

Ya que estoy allí pienso que posiblemente nunca tenga mejor oportunidad de alcanzar la cumbre, así que hago un último esfuerzo sobrehumano. En lo alto lo que me encuentro es una iglesia al aire libre, y en el punto más elevado la estatua de la inmaculada concepción. ¿Qué por qué se llama entonces cerro de San Cristóbal? Ni idea. Cuando divisaba la estatua desde algún punto de la ciudad siempre pensé que se trataba del patrón de los camineros.

A los pies de la virgen, en un costado hay un rincón donde algunas velas  encendidas reposan sobre un gran candelabro. Bajo éste descansa un montón de cera en el suelo. En las paredes hay multitud de placas metálicas o piedras talladas como las de las tumbas pero de menor tamaño en las que los creyentes han hecho inscribir palabras de agradecimiento a la virgen por favores concedidos.

Tras contemplar esto comienzo el descenso. El sol se asoma tímidamente, pero por suerte las nubles lograr detenerlo la mayor parte del tiempo. Mientras bajo no puedo dejar de pensar en lo bien que me voy  sentir cuando llegue a mi terraza, desde la cual, por cierto se ve el cerro, y me siente a disfrutar de una merecida cerveza.

Vista de Santiago desde lo más alto del cerro de San Cristobal

domingo, 10 de noviembre de 2013

Jazzalavega

Después de una dura semana de trabajo, sin nada destacable salvo un mail con fotos de Cuenca que me envió un compañero que está disfrutando de unos días de descanso en su tierra, y que me provocaron un ligero ramalazo de nostalgia, decido acudir a un festival de jazz gratuito cercano a la estación de metro de Bellas Artes.

Salgo del subterráneo y me dirijo hacia la calle Dávila Baeza. Olvidé apuntarme la dirección exacta pero según googlemaps la calle no es muy larga así que confío en que encontraré el lugar con facilidad. Desgraciadamente no veo ni rastro de escenario alguno y la única música que escucho proviene del interior de uno de esos destartalados mercados de abastos típicos de la capital santiaguina. Sigo caminando pero el paisaje me produce cierto desasosiego, por lo que doy media vuelta y decido entrar en el mercado. Mi sentido arácnido me dice que el festival debería estar cerca, y si no es así al menos echaré un vistazo por los puestos y compraré unos tomates. Cruzo la entrada y constato que la música proviene de un radiocasete que tiene uno de los pocos tenderos que aun tiene su comercio abierto. Continúo perdiéndome por entre los pasillos y en una especie de plaza asfaltada anexa al mercado a la que seguramente llegan los camiones a descargar la mercancía que se venderá posteriormente, al fin vislumbro un escenario que alberga un piano de cola negro, una batería y varios micrófonos.

Justo cuando llego una mujer empieza a pronunciar unas palabras agradeciendo la asistencia al público y anunciando a los grupos que tocarán a lo largo de la tarde noche. En frente del escenario hay un montón de sillas de plástico. La distinguida concurrencia está compuesto mayoritariamente por gente joven de aspecto bohemio y, atención al dato, no se detecta la presencia de gafas de pasta. Santiago empieza a gustarme. Me llama muchísimo la atención que no hay ninguna barra en la que pedir una cerveza.

El primer grupo en subir al escenario formado por dos guitarristas y un tipo que se sienta sobre un cajón flamenco se llama “Antonio Retucci con Sagare Trío”. Tras la primera canción uno de los guitarristas nos informa que el tal Antonio no se encuentra presente debido a una fractura de muñeca, y anuncia un próximo concierto benéfico a favor del lesionado, ya que según dice la operación cuesta mucha plata. La sanidad no es pública en Chile. Le sustituye otro guitarrista que al parecer colaboró en la grabación de su último disco. Este grupo parte del jazz para desviarse hacia melodías que me suenan mediterráneas. El resultado son canciones fresquitas y bonitas. Me recuerdan a otro grupo con la misma formación llamado Calamento que una vez vi en concierto en Barcelona, solo que estos partían de la rumba y el flamenco para acercarse ligeramente al jazz. Me quedo con estos últimos, más marchositos y fiesteros. Un amigo me dejó un disco suyo, pero un compinche de uno de mis compañeros de piso que okupó nuestro salón durante dos meses me lo robó. De desagradecidos está el mundo lleno.
 
En el escenario "Antonio Retucci con Sagare Trío",  sin Antonio.
Varios de los asistentes se han traído a sus hijos al concierto que corretean de un lado a otro ajenos a la música. Sin embargo llama mi atención una niña que con cara de fascinación no quita ojo del escenario. Recuerdo que un amigo me contó que a su hijo primogénito le pasa lo mismo. Le encanta observar a los músicos en los conciertos.

El día está nublado y empieza a ocultarse el sol con lo que la temperatura baja rápidamente y el frío comienza a penetrar a través de mi jersey. Debí haber traído mi gorrito.

El segundo grupo en subir al escenario, se trata de un trío compuesto por guitarra, contrabajo y trompeta, llamado “Interestelar trío”. Ejecutan piezas de jazz clásico. Las piezas lentas me recuerdan a las pelis de cine negro en las que una mujer fatal termina por matar al detective ligeramente canalla pero honrado en fondo. Los temas con un ritmo un poco más rápido me recuerdan a la película Cotton Club, y los disfruto más que los lentos.

Queda otro grupo para cerrar la noche pero ya no aguanto más el frío así que decido volver a casa. Me quedo sin escuchar el piano y la batería, y seguramente al mejor grupo de la noche.

En el metro, de vuelta a casa, observo que poca gente lee libros, y sin embargo muchos juguetean con sus smartphones. Entre las lecturas veo “La sombra del viento” y un comic de Batgirl. Nunca he leído un comic de la susodicha, pero seguro que es mejor que el pestiño perpetrado por Zafón.

Al salir de nuevo a la superficie escucho música a un volumen fuerte y pienso que tal vez haya algún concierto en un parque cercano, sin embargo me sorprendo al ver que un grupo formado por una pequeña batería, un teclado, una guitarra, un bajo, un entregado cantante con armónica y un par de amplificadores están tocando blues en la boca del metro al otro lado de la calle. En Barcelona les hubieran detenido por desorden público. Cruzo y me quedo escuchado un par de canciones. Echo unas monedas en la funda de una guitarra abierta que descansa frente a la banda y me voy a mi casa. Sigue haciendo frío y empieza a dolerme la espalda.
 
No ha estado mal. Me despido de la noche santiaguina hasta mejor ocasión. Seguiremos informando.