domingo, 10 de noviembre de 2013

Jazzalavega

Después de una dura semana de trabajo, sin nada destacable salvo un mail con fotos de Cuenca que me envió un compañero que está disfrutando de unos días de descanso en su tierra, y que me provocaron un ligero ramalazo de nostalgia, decido acudir a un festival de jazz gratuito cercano a la estación de metro de Bellas Artes.

Salgo del subterráneo y me dirijo hacia la calle Dávila Baeza. Olvidé apuntarme la dirección exacta pero según googlemaps la calle no es muy larga así que confío en que encontraré el lugar con facilidad. Desgraciadamente no veo ni rastro de escenario alguno y la única música que escucho proviene del interior de uno de esos destartalados mercados de abastos típicos de la capital santiaguina. Sigo caminando pero el paisaje me produce cierto desasosiego, por lo que doy media vuelta y decido entrar en el mercado. Mi sentido arácnido me dice que el festival debería estar cerca, y si no es así al menos echaré un vistazo por los puestos y compraré unos tomates. Cruzo la entrada y constato que la música proviene de un radiocasete que tiene uno de los pocos tenderos que aun tiene su comercio abierto. Continúo perdiéndome por entre los pasillos y en una especie de plaza asfaltada anexa al mercado a la que seguramente llegan los camiones a descargar la mercancía que se venderá posteriormente, al fin vislumbro un escenario que alberga un piano de cola negro, una batería y varios micrófonos.

Justo cuando llego una mujer empieza a pronunciar unas palabras agradeciendo la asistencia al público y anunciando a los grupos que tocarán a lo largo de la tarde noche. En frente del escenario hay un montón de sillas de plástico. La distinguida concurrencia está compuesto mayoritariamente por gente joven de aspecto bohemio y, atención al dato, no se detecta la presencia de gafas de pasta. Santiago empieza a gustarme. Me llama muchísimo la atención que no hay ninguna barra en la que pedir una cerveza.

El primer grupo en subir al escenario formado por dos guitarristas y un tipo que se sienta sobre un cajón flamenco se llama “Antonio Retucci con Sagare Trío”. Tras la primera canción uno de los guitarristas nos informa que el tal Antonio no se encuentra presente debido a una fractura de muñeca, y anuncia un próximo concierto benéfico a favor del lesionado, ya que según dice la operación cuesta mucha plata. La sanidad no es pública en Chile. Le sustituye otro guitarrista que al parecer colaboró en la grabación de su último disco. Este grupo parte del jazz para desviarse hacia melodías que me suenan mediterráneas. El resultado son canciones fresquitas y bonitas. Me recuerdan a otro grupo con la misma formación llamado Calamento que una vez vi en concierto en Barcelona, solo que estos partían de la rumba y el flamenco para acercarse ligeramente al jazz. Me quedo con estos últimos, más marchositos y fiesteros. Un amigo me dejó un disco suyo, pero un compinche de uno de mis compañeros de piso que okupó nuestro salón durante dos meses me lo robó. De desagradecidos está el mundo lleno.
 
En el escenario "Antonio Retucci con Sagare Trío",  sin Antonio.
Varios de los asistentes se han traído a sus hijos al concierto que corretean de un lado a otro ajenos a la música. Sin embargo llama mi atención una niña que con cara de fascinación no quita ojo del escenario. Recuerdo que un amigo me contó que a su hijo primogénito le pasa lo mismo. Le encanta observar a los músicos en los conciertos.

El día está nublado y empieza a ocultarse el sol con lo que la temperatura baja rápidamente y el frío comienza a penetrar a través de mi jersey. Debí haber traído mi gorrito.

El segundo grupo en subir al escenario, se trata de un trío compuesto por guitarra, contrabajo y trompeta, llamado “Interestelar trío”. Ejecutan piezas de jazz clásico. Las piezas lentas me recuerdan a las pelis de cine negro en las que una mujer fatal termina por matar al detective ligeramente canalla pero honrado en fondo. Los temas con un ritmo un poco más rápido me recuerdan a la película Cotton Club, y los disfruto más que los lentos.

Queda otro grupo para cerrar la noche pero ya no aguanto más el frío así que decido volver a casa. Me quedo sin escuchar el piano y la batería, y seguramente al mejor grupo de la noche.

En el metro, de vuelta a casa, observo que poca gente lee libros, y sin embargo muchos juguetean con sus smartphones. Entre las lecturas veo “La sombra del viento” y un comic de Batgirl. Nunca he leído un comic de la susodicha, pero seguro que es mejor que el pestiño perpetrado por Zafón.

Al salir de nuevo a la superficie escucho música a un volumen fuerte y pienso que tal vez haya algún concierto en un parque cercano, sin embargo me sorprendo al ver que un grupo formado por una pequeña batería, un teclado, una guitarra, un bajo, un entregado cantante con armónica y un par de amplificadores están tocando blues en la boca del metro al otro lado de la calle. En Barcelona les hubieran detenido por desorden público. Cruzo y me quedo escuchado un par de canciones. Echo unas monedas en la funda de una guitarra abierta que descansa frente a la banda y me voy a mi casa. Sigue haciendo frío y empieza a dolerme la espalda.
 
No ha estado mal. Me despido de la noche santiaguina hasta mejor ocasión. Seguiremos informando.

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