Salgo
del subterráneo y me dirijo hacia la calle Dávila Baeza. Olvidé apuntarme la
dirección exacta pero según googlemaps la calle no es muy larga así que confío
en que encontraré el lugar con facilidad. Desgraciadamente no veo ni rastro de
escenario alguno y la única música que escucho proviene del interior de uno de
esos destartalados mercados de abastos típicos de la capital santiaguina. Sigo
caminando pero el paisaje me produce cierto desasosiego, por lo que doy media
vuelta y decido entrar en el mercado. Mi sentido arácnido me dice que el
festival debería estar cerca, y si no es así al menos echaré un vistazo por los
puestos y compraré unos tomates. Cruzo la entrada y constato que la música
proviene de un radiocasete que tiene uno de los pocos tenderos que aun tiene su
comercio abierto. Continúo perdiéndome por entre los pasillos y en una especie
de plaza asfaltada anexa al mercado a la que seguramente llegan los camiones a
descargar la mercancía que se venderá posteriormente, al fin vislumbro un
escenario que alberga un piano de cola negro, una batería y varios micrófonos.
Justo
cuando llego una mujer empieza a pronunciar unas palabras agradeciendo la
asistencia al público y anunciando a los grupos que tocarán a lo largo de la
tarde noche. En frente del escenario hay un montón de sillas de plástico. La
distinguida concurrencia está compuesto mayoritariamente por gente joven de
aspecto bohemio y, atención al dato, no se detecta la presencia de gafas de
pasta. Santiago empieza a gustarme. Me llama muchísimo la atención que no hay ninguna
barra en la que pedir una cerveza.
El
primer grupo en subir al escenario formado por dos guitarristas y un tipo que
se sienta sobre un cajón flamenco se llama “Antonio Retucci con Sagare Trío”.
Tras la primera canción uno de los guitarristas nos informa que el tal Antonio no
se encuentra presente debido a una fractura de muñeca, y anuncia un próximo
concierto benéfico a favor del lesionado, ya que según dice la operación cuesta
mucha plata. La sanidad no es pública en Chile. Le sustituye otro guitarrista
que al parecer colaboró en la grabación de su último disco. Este grupo parte
del jazz para desviarse hacia melodías que me suenan mediterráneas. El
resultado son canciones fresquitas y bonitas. Me recuerdan a otro grupo con la
misma formación llamado Calamento que una vez vi en concierto en Barcelona,
solo que estos partían de la rumba y el flamenco para acercarse ligeramente al
jazz. Me quedo con estos últimos, más marchositos y fiesteros. Un amigo me dejó
un disco suyo, pero un compinche de uno de mis compañeros de piso que okupó
nuestro salón durante dos meses me lo robó. De desagradecidos está el mundo
lleno.
| En el escenario "Antonio Retucci con Sagare Trío", sin Antonio. |
Varios
de los asistentes se han traído a sus hijos al concierto que corretean de un
lado a otro ajenos a la música. Sin embargo llama mi atención una niña que con
cara de fascinación no quita ojo del escenario. Recuerdo que un amigo me contó
que a su hijo primogénito le pasa lo mismo. Le encanta observar a los músicos
en los conciertos.
El
día está nublado y empieza a ocultarse el sol con lo que la temperatura baja
rápidamente y el frío comienza a penetrar a través de mi jersey. Debí haber
traído mi gorrito.
El segundo grupo en subir al escenario, se trata de un trío compuesto por guitarra, contrabajo y trompeta, llamado “Interestelar trío”. Ejecutan piezas de jazz clásico. Las piezas lentas me recuerdan a las pelis de cine negro en las que una mujer fatal termina por matar al detective ligeramente canalla pero honrado en fondo. Los temas con un ritmo un poco más rápido me recuerdan a la película Cotton Club, y los disfruto más que los lentos.
Queda
otro grupo para cerrar la noche pero ya no aguanto más el frío así que decido
volver a casa. Me quedo sin escuchar el piano y la batería, y seguramente al
mejor grupo de la noche.
En
el metro, de vuelta a casa, observo que poca gente lee libros, y sin embargo
muchos juguetean con sus smartphones. Entre las lecturas veo “La sombra del
viento” y un comic de Batgirl. Nunca he leído un comic de la susodicha, pero
seguro que es mejor que el pestiño perpetrado por Zafón.
Al
salir de nuevo a la superficie escucho música a un volumen fuerte y pienso que
tal vez haya algún concierto en un parque cercano, sin embargo me sorprendo al
ver que un grupo formado por una pequeña batería, un teclado, una guitarra, un
bajo, un entregado cantante con armónica y un par de amplificadores están
tocando blues en la boca del metro al otro lado de la calle. En Barcelona les
hubieran detenido por desorden público. Cruzo y me quedo escuchado un par de
canciones. Echo unas monedas en la funda de una guitarra abierta que descansa frente
a la banda y me voy a mi casa. Sigue haciendo frío y empieza a dolerme la
espalda.
No
ha estado mal. Me despido de la noche santiaguina hasta mejor ocasión.
Seguiremos informando.
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