lunes, 27 de noviembre de 2017

Lunes de ISAPRE y Tablet.


Tengo que ir al centro a hacer unas gestiones: pagar mi ISAPRE, y encontrar algún lugar donde me arreglen mi tablet. La mitad de la pantalla táctil no responde al mi tacto de mis dedos.

Podría haber ido en coche con mi novia, temprano. Ella entra a trabajar en una oficina en el centro de Santiago a las 9:00, pero no fui capaz de levantarme a la hora requerida. Por tanto no me queda más remedio que ir en transporte público, para lo cual, primero tengo que pillar un bus que me deje en la estación de metro más cercana a mi casa. No hay mal que por bien no venga: me demoro mucho más, pero me ahorro 30 minutos de quejas, lamentos, reclamos, improperios y  por último lloros.

Camino 10 minutos hasta la parada de bus y no tarda en llegar el I019. Subo las escalerillas del vehículo con la tarjeta en la mano dispuesto a pasarla por delante del lector para abonar el viaje. El chico que entró justo delante que mí intenta pagar, pero su tarjeta no tiene saldo, así que, siguiendo las indicaciones del chófer, pasa por encima del torno, que impide el acceso a aquellos que no pueden permitirse el billete, con un salto de gacela. Por suerte mi tarjeta sí tiene saldo. Si yo tuviese que dar el brinco que dio mi predecesor me hubiese fracturado tres costillas, la cadera y el hombro.

Quince minutos más tarde estoy bajando las escaleras que me llevan al andén donde esperar al tren subterráneo. Me subo al vagón y me toca la lotería: hay un asiento libre para mí. ¡Aleluya! Desgraciadamente no me percato de que hay un capullo muy cerca, con un altavoz y un micrófono en la mano. Es uno de esos odiosos que atormentan con “música” a los pasajeros de los transportes públicos hasta que le dan unas monedas. En este caso nos ha tocado un fan de Elvis, pero en lugar de lucir tupé, lleva el pelo largo, y una perilla terminada en trenza. Podría habérselo currado un poco más. No pienso darle ni un peso.

Casi, una hora después de haber salido por la puerta de mi casa llego a la plaza de armas. Con sus palomas, sus predicadores, sus viejetes jugando al ajedrez y en una esquina un negrito muy bien caracterizado imitando los bailes de Michael Jackson al son de la música del malogrado artista. Hoy va de grandes: primero Elvis, ahora Michael. Camino hacia unas de esas galerías comerciales típicas del centro de Santiago, que se encuentran en el interior de grandes edificios por las cuales puedes rondar protegido de las inclemencias del tiempo. Me han dicho que aquí hay negocios con servicio técnico donde podrían ser capaces de arreglarme la tablet. En el trayecto me cruzo con tres mujeres que me miran a la cara, después a mi barriga, y por último dirigen su vista hacia el imitador de Michael Jackson. Son prostitutas.

En las galerías no tengo suerte, en ninguno de las tiendas en las que entro a preguntar si pueden reparar la tablet recibo una respuesta afirmativa. Al parecer, al ser comprada en España, nadie tiene repuesto para la pantalla del aparato aquí.

Finalmente me rindo y me dirijo hacia las oficinas de mi ISAPRE a pagar los últimos meses. Al estar sin trabajo, sospecho que no se debe haber realizado el abono automático a través de la empresa por lo que les deberé las últimas mensualidades.

De camino paso por una calle con numerosos cafés con piernas y veo entrar a uno de ellos a una mujer con un espectacular trasero tipo Kardashian, exageradamente grande. Es muy extraño, hace el mismo efecto que dos bolsas de basura escondidas bajo una alfombra. Casi choco con una señora mayor por no poder apartar mi vista de esas hipnóticas nalgas. En la siguiente esquina una chica, muy muy flaca me da esta tarjeta:



Y de pronto empiezan a dolerme las cervicales.

Al fin llego a las oficinas de la ISAPRE y un ejecutivo me muestra en la pantalla de un ordenador que están sin pagar los meses de septiembre y octubre, y algo más de tres mil pesos pendientes del primer mes (febrero) debido a una mala gestión de mi querida agente. Hace meses le pregunté sobre este asunto y me dijo que había quedado resuelto. Siento ganas de estrangularla con una toalla sucia, muy sucia.

Pago religiosamente todas mis deudas y vuelvo a echarme a las calles. He terminado mis tareas por hoy, así que me dirijo al metro para regresar a mi casa.

Esperando a que un semáforo se ponga en verde veo por el rabillo del ojo que alguien se me acerca por el costado derecho y me dice: Hola, aquí tengo todo lo que necesitas para ser feliz.

En el lapso de tiempo que transcurre desde que mi pesada cabeza empieza a girar hasta que mi mirada se cruza con la de mi interlocutora, veo pasar antes mis ojos la vida completa de Hugh Hefner, a la culona que entró al café con piernas, y a la flacucha que me pasó la tarjeta de la foto.

Yo ya soy feliz señora – Miento.


En sus manos blande uno de esos libros de los testículos de Jehová que coloca a pocos centímetros de mi cara mientras mantiene en su jeta una sonrisa que me provoca un escalofrío. El semáforo se pone en verde y salgo corriendo como alma que lleva el diablo hasta la boca de metro.

Ya en el vagón, una vez recuperado el aliento, pienso que en una hora me encontraré en la seguridad de mi hogar junto a mi perro tomando una cerveza muy fría, y una leve sonrisa de felicidad asoma en mi rostro.