Tengo que ir al centro a hacer
unas gestiones: pagar mi ISAPRE, y encontrar algún lugar donde me arreglen mi tablet.
La mitad de la pantalla táctil no responde al mi tacto de mis dedos.
Podría haber ido en coche con mi
novia, temprano. Ella entra a trabajar en una oficina en el centro de Santiago
a las 9:00, pero no fui capaz de levantarme a la hora requerida. Por tanto no
me queda más remedio que ir en transporte público, para lo cual, primero tengo
que pillar un bus que me deje en la estación de metro más cercana a mi casa. No
hay mal que por bien no venga: me demoro mucho más, pero me ahorro 30 minutos
de quejas, lamentos, reclamos, improperios y
por último lloros.
Camino 10 minutos hasta la parada
de bus y no tarda en llegar el I019. Subo las escalerillas del vehículo con la
tarjeta en la mano dispuesto a pasarla por delante del lector para abonar el
viaje. El chico que entró justo delante que mí intenta pagar, pero su tarjeta
no tiene saldo, así que, siguiendo las indicaciones del chófer, pasa por encima
del torno, que impide el acceso a aquellos que no pueden permitirse el billete,
con un salto de gacela. Por suerte mi tarjeta sí tiene saldo. Si yo tuviese que
dar el brinco que dio mi predecesor me hubiese fracturado tres costillas, la
cadera y el hombro.
Quince minutos más tarde estoy
bajando las escaleras que me llevan al andén donde esperar al tren subterráneo.
Me subo al vagón y me toca la lotería: hay un asiento libre para mí. ¡Aleluya!
Desgraciadamente no me percato de que hay un capullo muy cerca, con un altavoz
y un micrófono en la mano. Es uno de esos odiosos que atormentan con “música” a
los pasajeros de los transportes públicos hasta que le dan unas monedas. En
este caso nos ha tocado un fan de Elvis, pero en lugar de lucir tupé, lleva el
pelo largo, y una perilla terminada en trenza. Podría habérselo currado un poco
más. No pienso darle ni un peso.
Casi, una hora después de haber
salido por la puerta de mi casa llego a la plaza de armas. Con sus palomas, sus
predicadores, sus viejetes jugando al ajedrez y en una esquina un negrito muy
bien caracterizado imitando los bailes de Michael Jackson al son de la música del
malogrado artista. Hoy va de grandes: primero Elvis, ahora Michael. Camino
hacia unas de esas galerías comerciales típicas del centro de Santiago, que se
encuentran en el interior de grandes edificios por las cuales puedes rondar
protegido de las inclemencias del tiempo. Me han dicho que aquí hay negocios
con servicio técnico donde podrían ser capaces de arreglarme la tablet. En el
trayecto me cruzo con tres mujeres que me miran a la cara, después a mi
barriga, y por último dirigen su vista hacia el imitador de Michael Jackson.
Son prostitutas.
En las galerías no tengo suerte, en
ninguno de las tiendas en las que entro a preguntar si pueden reparar la tablet
recibo una respuesta afirmativa. Al parecer, al ser comprada en España, nadie
tiene repuesto para la pantalla del aparato aquí.
Finalmente me rindo y me dirijo
hacia las oficinas de mi ISAPRE a pagar los últimos meses. Al estar sin trabajo,
sospecho que no se debe haber realizado el abono automático a través de la empresa
por lo que les deberé las últimas mensualidades.
De camino paso por una calle con
numerosos cafés con piernas y veo entrar a uno de ellos a una mujer con un
espectacular trasero tipo Kardashian, exageradamente grande. Es muy extraño,
hace el mismo efecto que dos bolsas de basura escondidas bajo una alfombra.
Casi choco con una señora mayor por no poder apartar mi vista de esas
hipnóticas nalgas. En la siguiente esquina una chica, muy muy flaca me da esta
tarjeta:
Y de pronto empiezan a dolerme
las cervicales.
Al fin llego a las oficinas de la
ISAPRE y un ejecutivo me muestra en la pantalla de un ordenador que están sin
pagar los meses de septiembre y octubre, y algo más de tres mil pesos pendientes
del primer mes (febrero) debido a una mala gestión de mi querida agente. Hace
meses le pregunté sobre este asunto y me dijo que había quedado resuelto.
Siento ganas de estrangularla con una toalla sucia, muy sucia.
Pago religiosamente todas mis
deudas y vuelvo a echarme a las calles. He terminado mis tareas por hoy, así
que me dirijo al metro para regresar a mi casa.
Esperando a que un semáforo se
ponga en verde veo por el rabillo del ojo que alguien se me acerca por el
costado derecho y me dice: Hola, aquí tengo todo lo que necesitas para ser
feliz.
En el lapso de tiempo que
transcurre desde que mi pesada cabeza empieza a girar hasta que mi mirada se
cruza con la de mi interlocutora, veo pasar antes mis ojos la vida completa de
Hugh Hefner, a la culona que entró al café con piernas, y a la flacucha que me
pasó la tarjeta de la foto.
Yo ya soy feliz señora – Miento.
En sus manos blande uno de esos
libros de los testículos de Jehová que coloca a pocos centímetros de mi cara
mientras mantiene en su jeta una sonrisa que me provoca un escalofrío. El
semáforo se pone en verde y salgo corriendo como alma que lleva el diablo hasta
la boca de metro.
Ya en el vagón, una vez recuperado el aliento, pienso que en una hora me encontraré en la seguridad de mi
hogar junto a mi perro tomando una cerveza muy fría, y una leve sonrisa de
felicidad asoma en mi rostro.
