lunes, 8 de enero de 2018

El parque Bicentenario de Cerrillos.

Domingo por la mañana. Me aburro, así que pienso en salir con mi perro para que me pasee por algún parque cercano donde pueda soltarle la correa para que el animal disfrute de unos momentos de libertad. Busco en googlemaps y uno de los que aparecen más cercanos a mi ubicación  es el llamado Parque Bicentenario de Cerrillos.

Al parecer se trata en un antiguo aeródromo en cuyos terrenos se ha proyectado la construcción de una micro ciudad. Unas 1.500 viviendas con sus correspondientes servicios, incluyendo colegios, zonas verdes y recreativas, supermercados, museos, comisaría de carabineros, y hasta una estación de metro. Toda una idea. De momento solo está construido el parque.

Llego al lugar y por lo que veo aún se conserva el edificio del aeródromo con su torre de control incluida. Me acerco a un mapa del parque en el que se observa una superficie muy alargada con una laguna artificial en uno de sus extremos. Decido emprender camino hacia ella.

Edificio del antiguo aeródromo.

Inicio la marcha y mi perro a correr de un lado para otro como loco. Parece no creer que tenga un espacio tan amplio para derrochar toda su energía perruna. Durante el paseo se cruza con otros canes, se olfatean el trasero, las orejas, sus pitos, juegan, corretean… A diferencia de su dueño parece encantarle la compañía de los de su especie. El chucho está disfrutando como nunca.

Estamos a principios de enero y el sol aprieta. Ya llevamos un buen rato andando y  aún no he llegado a la laguna, ni si quiera alcanzo a verla, por lo que calculo que el parque debe tener más de un kilómetro de largo. Empiezo a tener sed, pero no he visto una fuente por ninguna parte. Llego a un punto en el que hay mesas y bancos dispuestos bajo la sombra de algunos árboles donde la gente puede comer o simplemente sentarse a hablar o jugar a las cartas. Aprovecho para detenerme a descansar un poco. Mi perro se echa en el suelo a mis pies. Prendo un cigarro. Voy dándole chupadas. Mientras, el chucho se va chupando la chorra. Quién fuera perro.

Reemprendo la marcha y al poco rato empiezo a escuchar una música ratonera bastante desagradable. Me molestan sobremanera aquellas personas que piensan que los que les rodean tienen que compartir sus gustos musicales. Especialmente aquellas cuyas preferencias no coinciden con las  mías, por supuesto.

Unos minutos más tarde, en la lejanía, puedo divisar a un grupo de gente haciendo algo parecido a zumba. Parecen malos imitadores de los zombis del video “Thriller” de Michael Jackson. Justo detrás de ellos, al fin, la laguna. Dudo si acercarme más o no. Partí con la idea de llegar hasta ella, pero creo que si me acerco más mis tímpanos podrían sufrir algún daño irreparable. La música es atroz y está a un volumen considerable. ¿Por qué en lugar de zumba no hacen acquagym dentro de la laguna y de paso se ahogan? Me da rabia, pero finalmente me bato en retirada. Intentaré llegar a la meta en mi próxima visita.

A pesar de haberme topado con un grupo de personajes de “The walking dead” me ha encantado el parque. Es muy grande y sorprendentemente poco concurrido. Además mi perro ha disfrutado de lo lindo. Si algún día llegan a ejecutar las viviendas proyectadas, no será lo mismo. Ojalá nunca las construyan.

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