A
primera hora de la tarde del domingo intentamos ir a ver el partido del Barcelona,
así que nos acercamos a un bar restaurante español llamado “De la ostia” en el
que suelen poner los partidos del equipo blaugrana, pero unos trabajadores que
parecen estar realizando reformas en el interior nos informan de que el local
está cerrado los domingos.
Tras
esta contrariedad caminamos un poco por la zona en busca de algún otro sitio
donde poder verlo, pero en los pocos locales que están abiertos, no ponen el
futbol. Los domingos son días fantasma en Santiago. A penas hay comercios
abiertos, la mayoría de bares y restaurantes cierran, y la gente desaparece de
las calles.
Decidimos
ir a tomar una cerveza pero ninguno de los pocos garitos abiertos nos parecen
interesantes así que terminamos en la terraza de mi casa escuchando el partido por la radio desde su
iphone, bebiendo birra, y comiendo patatas fritas. Después del partido nos
aventuramos en busca del algún sitio que esté abierto por una zona de bares
cercana a mi casa y encontramos una terraza bastante agradable donde
permanecemos bebiendo y hablando de todo un poco hasta que se hace tarde. Nos
despedimos hasta el día siguiente. Mañana hay que trabajar.
El
lunes por la tarde, después de la faena, nos acercamos a la misma terraza en la
que estuvimos el día anterior. Pedimos dos jarras de cerveza de barril, que
aquí llaman “shop” (pronúnciese chop), y algo para comer. Cinco minutos después
la camarera que tiene los brazos llenos de tatuajes de colores, las orejas
llenas de cosas metálicas, y el pelo teñido a partes iguales de verde, fucsia,
amarillo, vuelve para informarnos que la cerveza de barril está caliente y nos
sugiere que pidamos alguna cerveza de botella. Mi amigo le dice a la camarera
que la cerveza de barril se refrigera por medio de un sistema que va integrado
en la impulsión del líquido, y que por tanto no puede ser que esté caliente. La
chica vuelve dentro a consultar y un buen rato después regresa para informarnos
que el aparato está roto. Pedimos entonces dos cervezas de las que están en la
carta. Yo pido una alemana y mi colega elige una local. Otros cinco minutos
después regresa sin las botellas. Vuelve a funcionar el cañero y si queremos
puede traernos las jarras. Le decimos que de acuerdo, que nos traiga el pedido
inicial. Pero otros cinco minutos después regresa de nuevo con las manos
vacías. Definitivamente el cañero no funciona. A mi amigo se le hincha
claramente una vena que le atraviesa la frente de sien a sien. A buen seguro
que le gustaría decorarle la dentadura con el cenicero que hay sobre la mesa.
Volvemos
a nuestra segunda opción. Las cervezas de botella. Al menos otros cinco minutos
después regresa. No les queda ninguna de las cervezas que hemos elegido. Nos
dice lo que guardan en la nevera y volvemos a elegir. A estas alturas de la
comida ya ni nos acordamos. Mi compadre está muy enfadado. Yo trato de
tomármelo con humor y casi me hace gracia la situación.
Esta
vez sí, diez minutos después regresa con las birras pero sin la comida.
Sospechamos que a este ritmo nos acabaremos la bebida antes de que llegue la
cena. Por suerte nos equivocamos. Por desgracia, la comida que hemos pedido
está sosa y nada buena. Pagamos y nos vamos para no volver. El próximo día
probaremos en otro lugar.
El
martes según llego a casa del trabajo me lanzo a la calle en busca de una
cámara de fotos para el curro lo más barata posible. Visito tres centros
comerciales de los más populares de Chile. En todos ellos tienen la misma cámara
por el mismo precio. Son las ventajas del capitalismo. Un poco más tarde, y
poco después de dirigirme hacia mi casa, encuentro una tienda en la que tienen
un modelo de cámara más barata. La hay en fucsia y en azul celeste, tiene 8
megapíxeles y además es sumergible hasta tres metros. Una joya. Siempre he
pensado que lo barato sale caro pero a pesar de ello compro la cámara. El
tacaño de mi jefe me lo agradecerá.
De
camino a casa me encuentro con mi amigo que se dirige a una cena de negocios.
Me da cierta alegría habérmelo cruzado. Soy de un pueblo pequeño y me gusta
encontrarme con la gente sin tener que haberlos llamado al móvil previamente. Recuerdo
cuando simplemente tenías que salir a la plaza, o acercarte a la sala de
recreativos, y quien quisiera venir que viniera y el que no, que le dieran por
donde amargan los pepinos.
El
miércoles por la noche descansamos, ya que mi amigo tuvo que ir a visitar unas
minas durante el día bajo un sol de justicia, y a mi me pesan tres días
seguidos yéndome a dormir un poco más tarde de lo normal. Los años no perdonan.
El
jueves volvemos a cervecear. El fin de semana se acerca y mi socio intenta
tentarme a alargar un poco la noche, pero no caigo en la trampa. Después de la
segunda cerveza él tiene más sueño que yo así que decidimos que seremos
profesionales por una vez, y ya trasnocharemos si hace falta, al día siguiente.
Semana(s) grande(s). Una tras otra...luego segui yo.
ResponderEliminarEsa proximidad que evocas,...ilustrada a traves de ese cruce en una acera,...bella.
Yo tambien la echo en menos,..sera tambien por ser de una pequena aldea?
Llamamiento a visitas?